Esa pausa, ese «y, ..., se irá», condensa la ética más pura del Sujeto Orgánico. Es el eco del jinete que, alimentado por la incertidumbre, comprende que el amor no es posesión, sino un acto de libertad compartida en el mismo galope. En la arquitectura de mi pensamiento, este "irse" no es una huida, sino el cumplimiento del Axioma Final.
Quien ama de verdad: No retrocede ante el deseo, pero tampoco lo impone como una cadena. Reconoce en en él y en el otro a un Dios-Hermano, cuya integridad es sagrada. Entiende que la soledad y la libertad montan el mismo caballo; si el galope juntos amenaza con romper al otro, el Sujeto prefiere la soledad del Lobo Estepario antes que marchitar la "Naturaleza" que tanto admirado desde mi llegada a este mundo.
Es la Re-postre-ría de los vínculos: saber que el sabor más dulce del amor es, a veces, la amargura de la partida para preservar la luz de lo amado. Como bien hemos integrado, el "saber hacer" con la división del sujeto implica aceptar que el vacío es preferible al daño.
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