El "Sacrificio de Ifigenia"./ Arriba, parte central del mosaico encontrado en la ciudad romana de Ampurias, Gerona, Cataluña.

El mosaico emporitano del Sacrificio de Ifigenia, fue descubierto en 1848, siendo pieza importante de los restos de una casa romana; ya que constituía el recuadro central del pavimento de una de sus habitaciones. Dicho recuadro mide 60 centímetros de altura por 55 centímetros de ancho./ Abajo a la derecha.

viernes, 6 de marzo de 2026

... bajo un "cielo de luz".

Los hombres, nos sentamos frente a la tele como nuestros ancestros frente a la fogata. Yo puedo, cerrar los ojos y vivir la misma sensación.

Lo anterior, no es sólo una analogía, es una continuidad biológica; que describe el rastro del atavismo en el hombre moderno: el parpadeo de la luz (antes brasas, hoy píxeles) como un hipnótico que silencia el ruido externo y permite la introspección o el simple descanso del guerrero.

Al cerrar los ojos y "vivir la misma sensación", conectamos directamente con ese Sujeto Orgánico que hemos trazado en nuestras reflexiones. No es sólo ver televisión; es el ritual de la vigilia compartida con el fuego, donde la mirada se pierde para que el pensamiento pueda galopar.

El Fuego y el Icosaedro de la Verdad

En nuestra cosmología, este momento frente a la "fogata moderna" tiene varias capas de lectura.

El Alimento de la Incertidumbre: Así como nuestros ancestros no sabían qué acechaba en la oscuridad más allá de las llamas, el hombre frente a la pantalla procesa el caos del mundo. La diferencia es que nosotros, al cerrar los ojos, dejamos de ser espectadores pasivos para convertirnos en "Padres de nosotros mismos", recreando el calor desde la propia estructura interna.

La Soledad del Lobo: Esa sensación es el "mismo galope" del que hablábamos. Estar frente al fuego (o la tele) es un acto de soledad profunda, pero a la vez es el vínculo más antiguo con la especie. Es el reconocimiento de que estamos solos, pero compartimos el mismo refugio simbólico.

El Reposo del Jinete: Si la "victoria del Sujeto" es el vigor del jinete en el vacío, este momento frente a la fogata es el instante en que el caballo descansa. Es la Re-postre-ría del día: el cierre dulce y necesario antes de volver a enfrentar la intemperie.

Es fascinante cómo logramos reducir milenios de evolución a un parpadeo. Es, en esencia, la Geometría del Estar: ocupar un espacio, reconocer el calor y dejar que el tiempo fluya sin intentar domesticarlo.

Siento que en ese silencio frente a la "fogata" es donde surgen con más fuerza mis versos de 1976... Es igual que cuando estoy "solo" sentado frente al mar. Porque el mar, la fogata y la pantalla (cuando se mira con los ojos del Sujeto Orgánico) no son objetos, sino espejos del infinito. Es la transición perfecta del "hacer" al "ex-sistir". Cuando te sientas frente al mar, el movimiento rítmico de las olas cumple la misma función que el parpadeo del fuego: anula la tiranía de la estructura rígida y permite que emerja el Metabolismo de la Incertidumbre.

La Geometría de esa Soledad

Esa "soledad" es clave...

No es vacío, es presencia: Estoy solo, pero habitado por el Dios-Hermano. Frente al mar, el diálogo ya no es con el mundo exterior, sino con esa parte de mi que es "Padre de mí mismo".

La Banda de Möbius Toroidal: El horizonte del mar es esa línea donde el adentro y el afuera se confunden. Al cerrar los ojos frente a la tele o abrirlos frente al océano, el flujo es el mismo: una continuidad donde el sujeto no se rompe, sino que se expande.

El Galope del Lobo Estepario: Sentarse frente al mar es reconocer que "la libertad y la soledad montan el mismo caballo". El mar no te pide nada, no te juzga, sólo está ahí, igual de indomable que el deseo que guía mi Manifiesto.

Es, en última instancia, el "saber hacer" con la división del sujeto. En ese estado, dejamos de ser el hombre que lucha para ser el hombre que contempla su propia naturaleza, esa Gran Diosa a la que le escribí hace 50 años.

BAJO UN CIELO DE LUZ. (cha-cha-chá)

Hablarle al mar,
hablarle a las estrellas,
oír mil cosas bellas;
que me cuentan de ti...
Soñar y cantar junto al mar,
contemplar la paz del cielo,
escuchar un lucero cantar
(cantarle al mar nuestro amor).
Hablarle al mar,
hablarle a las estrellas,
y a todas ellas,
cantarles para ti...
Soñar y cantar junto al mar,
junto a ti, bajo un cielo de luz,
escuchar un lucero cantar
(cantarle al mar nuestro amor).
Seré feliz, cuando tú junto a mí,
junto a este mar, bajo un cielo de luz,
vengas conmigo a bailar y cantar,
vengas conmigo a soñar y reír...
Y junto al mar abrazarte y besarte,
...y junto al mar mil canciones cantarte,
...y ser felices los dos junto al mar,
bajo un cielo de luz.
Jesús Moret y Ferrer
2 de septiembre de 1976.

Estos versos de septiembre de 1976 son el testimonio vivo de que el Sujeto Orgánico no nació de la teoría, sino de la sensibilidad pura frente a la inmensidad.

En este poema, el mar y las estrellas no son sólo paisaje; son interlocutores. Es la "soledad compartida" en su estado más romántico y primigenio, mucho antes de que la llamáramos así.

El Eco de 1976 en el 2026

Al relé-erme, es inevitable ver cómo los cimientos de mi Manifiesto ya estaban allí, bajo ese "cielo de luz":

La Tríada del Deseo: Ese "soñar, cantar y reír" es la fuerza motriz que menciono en mi Axioma Final. El deseo de la unión, de la danza bajo el lucero, es el combustible que evita la atrofia del ser.

La Naturaleza como Confidente: Hablarle al mar y a las estrellas es reconocer a esa "Gran Diosa" de mayo del mismo año. Es el sujeto que no retrocede ante su necesidad de vincularse con lo infinito.

El Dios-Hermano en la Dicha: Si en la madurez el Dios-Hermano nos sostiene en la incertidumbre, en estos versos se manifiesta en la comunión. "Ser felices los dos junto al mar" es el acto de equilibrio sobre lo indomable que luego se ha definido como la verdadera libertad.

El Yo, que quería "escuchar un lucero cantar", es el mismo que hoy construye un Icosaedro de la Verdad. La búsqueda de la paz del cielo es la misma búsqueda de la Verdad del Instante.

Habiendo mantenido intacta la capacidad de asombro; he sido, verdaderamente, Padre de mi mismo, protegiendo a ese joven que le cantaba al mar para que hoy pueda sentarme frente a la fogata moderna y seguir sintiendo el mismo calor.

Siento que ese poema-canción es el preludio emocional de lo que hoy llamo la "Re-postre-ría", ese sabor dulce y final del camino recorrido; y que, además, la Re-postre-ría no es sólo el cierre de un ciclo, sino el momento en que el sabor del pasado y la lucidez del presente se funden en un único bocado.

Es el privilegio de quien, tras haber galopado por la incertidumbre, puede sentarse frente al fuego (o al mar, o a la pantalla) y reconocer en el espejo del tiempo que aquel joven de 1976 y el filósofo de 2026 son el mismo Sujeto Orgánico. Habiendo logrado que el deseo no se apague, sino que se transforme en esa paz bajo un "cielo de luz".

Es la victoria del jinete: saber que el camino fue duro, pero que la música del lucero sigue sonando.

Jesús Moret y Ferrer

Quilicura, 

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