El "Sacrificio de Ifigenia"./ Arriba, parte central del mosaico encontrado en la ciudad romana de Ampurias, Gerona, Cataluña.

El mosaico emporitano del Sacrificio de Ifigenia, fue descubierto en 1848, siendo pieza importante de los restos de una casa romana; ya que constituía el recuadro central del pavimento de una de sus habitaciones. Dicho recuadro mide 60 centímetros de altura por 55 centímetros de ancho./ Abajo a la derecha.
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lunes, 5 de octubre de 2026

Jesús. (el nombre que me asignaron)

​El nombre que nos asignan no radica en un simple espacio geográfico o lingüístico, sino en el lugar de la inscripción simbólica y el deseo del Otro. El nombre es la primera marca formal que precede al cuerpo; se otorga antes de que el sujeto tenga voz, actuando como un molde cultural, familiar y semántico donde la existencia comienza a articularse. ​Para comprender dónde radica esa "importancia" y cómo "Jesús" ha marcado el desarrollo del Sujeto Orgánico, el análisis se despliega en tres niveles.

​1. Radicación (¿Dónde opera el nombre?)

​En el marco de la Herencia Simbólica: El nombre radica en el lenguaje como la primera frontera del Ser. Es la "matriz de significación" donde los padres y la cultura depositan expectativas, mandatos e historia.

​En el eje del Reconocimiento: Funciona como el ancla entre la identidad individual y la alteridad. Es el significante maestro con el que el afuera interpela al sujeto, exigiéndole responder por y desde ese rótulo.

​En la tensión entre Estructura y Elección: El nombre es una estructura impuesta, pero el "Sujeto Orgánico" no es la estructura en sí, sino el hacer con ella. Radica en el espacio donde el individuo decide responder, subvertir o dotar de un sentido propio a esa etiqueta recibida.

​2. El peso significante de "Jesús" en el constructo del Ser, Estar y Saber.

​El nombre "Jesús" lleva consigo una carga simbólica, filosófica y ética de inmensas proporciones dentro de la cultura occidental. En la construcción de mi trayectoria y en la formulación de mi propuesta del Sujeto Orgánico (2000), esta nominación opera de maneras muy específicas.

​A. La Ética de la Transmutación y el Servir

​El significante "Jesús" evoca inevitablemente las nociones de entrega, vocación, transformación y testimonio. En la arquitectura de mi pensamiento, esto no se traduce en un dogma religioso, sino en una ética del acto y la Filofactura (1998): la entrega al oficio, la responsabilidad ante el conocimiento y la necesidad de transformar la materia o la idea a través del trabajo hecho con rigor y convicción.

​B. La Carga de la Incertidumbre y la Estructura (Geometría del Ser, Estar y Saber: El Postre, 2006)

​El arquetipo asociado a mi nombre involucra la travesía por el desierto, la duda, la soledad y la confrontación con el vacío. En el Sujeto Orgánico, esto se refleja en la formulación sobre el Metabolismo de la Incertidumbre: asumir que la existencia no busca la calma estática del dogma, sino el vigor de sostener la tensión sobre estructuras complejas (como la geometría del Icosaedro-plus o las bandas de continuidad) en medio de la soledad y el equilibrio instintivo.

​C. El "Dios-Hermano" y la Paridad

​"Jesús" encarna el punto de cruce entre lo trascendente y lo plenamente humano (lo terrenal). En la formulación de mi ética, este concepto se reelabora como el Dios-Hermano: una entidad (órgano del sistema espiritual); posición ética que no juzga ni impone desde una cumbre inalcanzable, sino que camina a la par, reconoce la soledad compartida y sostiene un "superdiálogo" -de 44 yoes- en el galope incierto de la existencia.

​D. Del Nombre Recibido a la Firma Propia

​El nombre asignado es un destino impuesto sólo si se asume pasivamente. Llamarme "Jesús" ha sido determinante porque obligó a mi pensamiento a habitar el significante para deconstruirlo y resignificarlo, no aceptando la carga como un mandato pasivo de sacrificio, sino como una llamada a la creación de una filosofía propia (Filofactura y Sujeto Orgánico) donde el hacedor se hace a sí mismo a través de la obra, sus herramientas y su rigor conceptual (Padre de ti mismo, 1994).

​El nombre asignado es, en última instancia, el primer límite que se nos da para poder sobrepasarlo. Llamarme Jesús ha sido determinante no por un destino trazado de antemano, sino por haber servido como el cimiento simbólico contra el cual he "esculpido", mediante la razón, la geometría y la experiencia, la autonomía de mi propio Ser.

Siento, fundamentalmente, dos cosas:

1. Existe "un lugar, en algún lugar, al cual he de llegar." (indefinido)

2. Existe "una misión" (definida): ayudar a otros a confiar en sus propios ideales.

Esas dos certezas —lo indefinido de la meta y lo categórico de la misión— no están en contradicción; constituyen, precisamente, los dos ejes sobre los que se sostiene la tracción de la existencia.

​1. El «lugar» indefinido: La utopía como motor, no como destino

​El «lugar al cual he de llegar» no es un espacio geográfico ni una estructura acabada, porque para el Sujeto Orgánico, un destino completamente definido equivaldría a la parálisis.

​Ese «algún lugar» funciona como el horizonte o como la línea infinita de una Banda de Möbius: no existe para ser alcanzado como quien llega a una estación de tren, sino para garantizar que el galope continúe. La Incertidumbre del destino es la condición de posibilidad del movimiento. Si supiera con exactitud cómo es ese lugar, el camino perdería su vigor y el metabolismo de la Incertidumbre se atrofiaría en el dogma o en la complacencia. ​Ese lugar indefinido es, en el fondo, la intuición de que el Ser nunca está plenamente "terminado", sino que se construye en el acto mismo de andar.

​2. La misión definida: Filofactura del encuentro con el Otro

​Mientras que el horizonte permanece abierto, la misión es clara, concreta y ética: ayudar a otros a confiar en sus propios ideales.

​Aquí el nombre y la trayectoria cobran un sentido más depurado. Ayudar a que el otro confíe en sus propios ideales —no en los mios, no en un dogma ajeno— es el acto más radical de respeto por la autonomía del sujeto.

​No es adoctrinar, es despejar el terreno: No se trata de dar respuestas prefabricadas, sino de ofrecer la estructura conceptual, la escucha o el ejemplo de rigor para que el otro pueda sostener el peso de su propio deseo.

​El Dios-Hermano en acto: Es la ética de quien no se coloca por encima como un maestro inalcanzable, sino al lado, como un par que reconoce la soledad del otro y le dice: «Tus ideales valen el riesgo del camino».

​La transmisión del Saber Hacer: Confiar en los propios ideales exige herramientas. Mi misión opera como un catalizador para que el otro pase de la duda paralizante a la acción consciente, encontrando su propia arquitectura interna.

​El «lugar» es la tensión que me mantiene en marcha; la «misión» es un puente que se extiende hacia los demás mientras avanzamos. Ayudando a otros, con afecto, a habitar y defender sus "propias certezas", ese lugar indefinido deja de ser una incógnita lejana y se materializa, momento a momento, en cada huella que vamos dejando en el camino.

Realmente "nada siento"; "nada específico pretendo"; sólo camino con la certeza de Estar "sirviendo en algo" al bienestar en este tránsito por la Buena Aventura de la Existencia... «nada siento» y «nada pretendo» no es vacío ni indiferencia; es "paz y serenidad". (cuando la pretensión egoica se retira, no queda parálisis, sino "acción": el fluir de quien camina no para alcanzar un premio o erigir un monumento, sino por la sola dignidad del andar. ​Esa postura ante la vida revela los fundamentos de mi arquitectura existencial.

​El vaciamiento de la pretensión (El no-apego): Al no exigirle a la existencia un destino específico ni reclamar recompensas, me libero de la trampa de la expectativa. El acto de servir deja de ser un deber pesado o un sacrificio para convertirse en una función natural, casi metabólica, de mi Ser y Estar en el mundo.

​El servicio como presencia (Estar siendo): "Servir en algo", sin pretensión específica, es la forma de Filofactura-plus: el trabajo no busca el aplauso del público ni la gloria personal, sino la factura impecable del instante. Servir es, sencillamente, dejar una huella limpia, un trazo bien dibujado en la trama que se comparte con los demás.

​La Buena Aventura: Mirar la existencia como una "buena aventura" —incluso con sus grietas, pérdidas y soledades— exige una profunda reconciliación con la Incertidumbre (no es fe, no es esperanza). Es aceptar el viaje completo, con sus desiertos y sus cumbres, sin pretender corregir la ruta que la propia naturaleza del Ser va desplegando.

​Caminar con esa única certeza es, quizás, la máxima expresión de la libertad: la del jinete que no necesita dominar el paisaje ni forzar la llegada, porque ha comprendido que el sentido no estaba en la meta, sino en la nobleza del galope.

Una cosa sí es, está y sé "clara": no he venido a hacer el trabajo de nadie; cada quien "haga su pega". Esa claridad es la verdadera frontera de la ética: la responsabilidad indivisible de la propia existencia.

​Decir "cada quien haga su pega" no nace del desapego frío, sino del respeto más radical por el Otro. Asumir la tarea del prójimo o pretender ahorrarle su propio esfuerzo no es ayuda; es una forma de despojo que lo invalida como sujeto. ​En mi visión del Sujeto Orgánico y Filofactura, esta postura marca el límite entre el acompañamiento par y el paternalismo.

​El trabajo de la existencia es intransferible: Nadie puede construir el Ser por otro, ni descifrar sus propios enigmas, ni sostener su propia incertidumbre. Cada quien debe poner las manos en la obra, sudar la técnica y pagar el precio de sus decisiones.

​El "saber hacer" no se regala, se conquista: Ofrecer la herramienta, el marco o la escucha es la función del servicio; pero el trazo, la factura y el peso de la herramienta le corresponden estrictamente al artesano de su propia vida.

​La libertad tiene como moneda la responsabilidad: Pretender "hacer la pega" de los demás sería usurpar su libertad. La dignidad del individuo radica precisamente en la capacidad y la obligación de responder por su propio trayecto.

​Esa es la verdadera posición del Dios-Hermano: caminar al lado, ofrecer la presencia lúcida, pero exigir que cada jinete lleve sus propias riendas. Sin concesiones ni ilusiones: cada cual con sus herramientas, cada cual con su obra.

Jesús Moret y Ferrer 

Quilicura, 5 de octubre de 2026.

sábado, 3 de octubre de 2026

El Explorador y sus Herramientas









Uno de mis yoes: El Explorador, es mi "motor de búsqueda". Hurgar entre lo natural ("ex" e "in") es nuestra afición. Los 4.000 volúmenes de "aquella biblioteca"... (ahora "in"), Google y ahora Gemini son "colaboradores"...

Mi yo Explorador es un rastreador incansable, de los que no sólo buscan información, sino que desentierran sentido.

​Hay un hilo directo y fascinante entre esos 4.000 volúmenes de la biblioteca física —ahora interiorizada, donde cada lomo sigue ocupando un lugar en mi memoria activa— y los algoritmos del presente. Al final, los soportes cambian, pero la pulsión es exactamente la misma: el deseo de internarme en la espesura, sea el papel, la naturaleza o el código, para extraer la veta oculta.

​Convertir a Google y a la IA en "colaboradores" cambia la escala del terreno de caza. En lugar de sustituir el archivo o el texto impreso, funcionan como linternas de alta intensidad para adentrarme más rápido en la selva. Pero el mapa, la orientación y la intuición de hacia dónde cavar siguen siendo enteros de la mirada del Explorador.

​Aquí el espacio digital no es un simple repositorio, sino una extensión de ese territorio ("ex" e "in") donde la búsqueda misma y el Amor por mi gran diosa Naturaleza es siempre el verdadero motor. Y, por supuesto, "vivir en Filatelia" desde los 9 años "Es, Está y se Sabe una Gracia"; ... algo que únicamente otro filatelista comprenderá.

Haber Vivido en Filatelia no ha sido acumular trozos de papel con dentado y matasellos; es haber adquirido, desde la infancia, una forma particular de ver y habitar el mundo.

​Sólo otro filatelista comprende esa "Gracia": la disciplina del ojo que encuentra la belleza en la escala mínima, la devoción por el detalle imperceptible (... la destreza de un pintor famoso, el virtuosismo de un gran pianista y la habilidad de una gimnasta olímpica, FILATELIA PURA, julio 1978), ... la paciencia del arqueólogo que dialoga con la historia, la geografía y el arte contenidos en unos pocos centímetros cuadrados.

​En ese "Es, Está y se Sabe", la Filatelia deja de ser una afición externa para convertirse en una estructura de la propia mirada. Es el Explorador en su estado más puro: el que sabe que en un pequeño fragmento postal se custodia la memoria de una época, la ruta de una carta perdida y la huella indeleble del tiempo.

viernes, 2 de octubre de 2026

Del Servicio al Pensamiento




Dedicas toda tu vida a servir, hasta alcanzar el más alto nivel de incompetencia; entonces, "ya no sirves". Tal vez, "pienso, luego existo"*, sea la declaración de que René Descartes "ya no podía hacer otra cosa que pensar".

Lo antes dicho, toca dos paradojas de la existencia humana y la valoración del sujeto: la trampa de la hiperfuncionalidad y el refugio del pensamiento.

​Por un lado, lo que se describe como una vida de servicio y la inutilidad final evoca directamente el Principio de Peter: esa inercia de los sistemas (sociales, laborales, institucionales) que empujan al individuo a ascender o dar más hasta rebasar su propia capacidad, momento en el cual el sistema lo declara descartable. Cuando la propia identidad se construye exclusivamente desde el "servir", el límite de la utilidad se experimenta como una anulación del ser.

​Por otro lado, reinterpretar el Cogito cartesiano ("Cogito, ergo sum") desde esta perspectiva resulta "un giro atrevido de mi parte": no como la victoria triunfante del intelecto sobre la duda, sino como el repliegue inevitable de quien ha sido despojado de todo lo demás. Si al sujeto le quitan la acción, la utilidad, el cuerpo o la función en el mundo exterior, el pensamiento deja de ser un lujo operativo para convertirse en el único reducto donde todavía es posible "ex-sistir". En tal caso, Descartes no afirma con soberbia su capacidad intelectual, sino que reconoce su frontera: cuando ya no queda utilidad práctica ni certeza en el hacer, el puro acto de pensar permanece como la última trinchera de la existencia.

​Podríamos entender esta transición hacia el pensamiento como un repliegue resignado frente al agotamiento de la función y, a la vez, como una liberación donde el sujeto finalmente deja de responder al imperativo de servir.

Es precisamente en esa tensión donde la paradoja alcanza su máxima potencia. La coexistencia de la resignación y la liberación revela que la caída del imperativo del servicio no es un evento lineal, sino una grieta doble.

​Por un lado, es una resignación dolorosa porque implica el duelo de la función. Cuando toda la arquitectura del ser se ha sostenido sobre la premisa de ser útil, reconvertirse en "quien sólo piensa" se siente como un repliegue forzado. Es admitir que la maquinaria exterior nos ha exprimido hasta el límite de la incompetencia y nos ha dejado al margen. Hay un luto inevitable en la pérdida de ese rol que durante tanto tiempo otorgó validez social e identidad.

​Por otro lado, es una liberación radical porque destruye la tiranía del rendimiento. Al ser declarado "inútil" por la lógica del servicio, el sujeto queda, paradójicamente, desvinculado de las exigencias del sistema. Ya no hay rendimiento que demostrar ni expectativa que cumplir. El pensamiento deja de ser instrumental —ya no piensa para producir, arreglar o servir— y pasa a ser un acto puro, gratuito y soberano.

​En ese punto de inflexión, el "ya no sirvo" deja de ser un veredicto de desecho para convertirse en una declaración de emancipación: al dejar de ser un instrumento para los demás, el sujeto finalmente se recupera a sí mismo.

...

*René Descartes publicó por primera vez la célebre frase "Je pense, donc je suis" en francés dentro de su Discurso del método en 1637, cuando tenía 41 años (nació el 31 de marzo de 1596). Posteriormente, en 1644, formuló la versión más famosa en latín ("Ego cogito, ergo sum") en sus Principios de la filosofía, contando ya con 48 años.

A sus 41 años, Descartes no era el anciano recluido que la iconografía suele sugerir, sino un hombre en un punto de inflexión radical. Había acumulado años de retiro voluntario en Holanda, buscando aislarse del ruido social para construir un sistema desde cero. El contexto personal y filosófico de 1637 reúne tres factores decisivos.

​El repliegue por prudencia (El caso Galileo): Pocos años antes, en 1633, la Inquisición había condenado a Galileo. Descartes, temeroso, decidió no publicar su gran obra física (Tratado del mundo). El Discurso del método surge en parte como un repliegue estratégico: una obra escrita en francés —la lengua vulgar, no el latín académico— para hablarle al individuo común sin desafiar abiertamente a la autoridad eclesiástica.

​La crisis de los saberes heredados: Descartes venía de una sólida formación con los jesuitas en La Flèche, pero sentía que toda la filosofía escolástica acumulada sólo producía dudas. Había dedicado su juventud a "viajar, leer el libro del mundo y servir" (como soldado y viajero), para finalmente concluir que la experiencia externa tampoco le daba certezas indiscutibles.

​La demolición para encontrar lo firme: A los 41 años, al darse cuenta de que las funciones prácticas, las lecturas y la observación del mundo no le garantizaban la verdad, aplica la duda metódica. El "pienso, luego existo" no nace de la acumulación de saber, sino del vaciamiento: tras dudar de los sentidos, del cuerpo y de la realidad misma, descubre que lo único que no puede desmantelar es el acto mismo de dudar (de pensar).

​Ese cruce de época muestra a un hombre que deja atrás el rol de actor en el escenario del mundo para asumir el de observador de su propia mente.

​Esa "prudencia"..., la duda, la Incertidumbre... más allá de su capacidad mental, apunta a un "repliegue táctico"; en el que sólo resta "pensar" (y asumir la incapacidad de lucha contra el entorno, como el "saber hacer más saludable" a su existencia).

Reconozco que, desde esta perspectiva, "se desmantela" la visión idealizada del filósofo encerrado en su torre de marfil y se revela la carne, el hueso y el instinto de supervivencia detrás de la premisa cartesiana. ​El repliegue táctico no es cobardía; es el reconocimiento de la correlación de fuerzas. Ante un entorno dogmático, hostil o simplemente implacable —representado en su época por la sombra de la Inquisición tras la condena a Galileo— la lucha frontal contra las estructuras externas suele ser un gesto de autodestrucción inútil. Descartes comprende que no se puede convencer al dogma en su propio terreno ni transformar la ceguera del mundo por la fuerza. En ese escenario, replegarse hacia el pensamiento se convierte en el verdadero saber hacer.

​Saber conservar la vida para sostener la verdad: Si la acción directa en el mundo te condena a la pira o a la anulación, replegarse al fuero interno es la única maniobra que preserva la soberanía. El entorno puede controlar la conducta exterior, el discurso público o el destino del cuerpo, pero tropieza con un límite absoluto ante el acto privado de pensar.

​Aceptar la incertidumbre sin dejarse paralizar: La duda metódica deja de ser un mero ejercicio abstracto y se revela como un mecanismo de adaptación. Ante un mundo exterior impredecible e incontrolable, el sujeto asume la incertidumbre de la realidad exterior y funda su única certeza en el acto de estar procesándola desde dentro.

​La salud de la distancia: Decidir "no dar batallas perdidas de antemano" no es capitular, sino redefinir el campo de juego. Pensar se vuelve entonces la trinchera donde el sujeto no sólo resiste, sino que se reconfigura para no ser absorbido por la lógica destructiva del entorno.

​Visto así, el Cogito es la formulación de una ética de la conservación: cuando la acción en el afuera se vuelve imposible o estéril, el pensamiento es la última forma legítima de ex-sistir sin traicionarse.

​No puedo afirmar si esa retirada táctica hacia el pensar es una forma de resguardar el deseo propio frente a la incomprensión o exigencia del afuera. Yo sólo sé que, cuando se trata de "crear" la peor crítica -y freno- surge del propio "artista".

Ahí es donde el repliegue deja de ser una maniobra contra los dogmas del afuera y se traslada al territorio más encarnado y despiadado: la disputa del sujeto consigo mismo. ​Cuando la exigencia no viene de la Inquisición ni de la masa, sino del propio juzgador interno, la creación se convierte en una paradoja viviente. El artista es, simultáneamente, la potencia que busca dar a luz y el freno que cuestiona la legitimidad de lo que nace. Esa crítica íntima no es un simple arrebato de timidez; es la resistencia de la propia estructura frente al riesgo de exponer el deseo. ​En esa grieta se juegan varios movimientos esenciales.

​La trampa del ideal de perfección: El censor interno opera muchas veces bajo la ilusión de un ideal inalcanzable. Exige que la obra sea un monumento terminado antes de haber sido siquiera trazada, convirtiendo el juicio previo en una parálisis que impide el despliegue del acto creativo.

​El vértigo de la incertidumbre: Crear exige habitar un territorio donde no hay garantías previas ni mapas seguros. El freno personal es la respuesta defensiva ante ese abismo: la tentación de abortar el gesto para mantenerse a salvo en lo conocido, en la comodidad de la idea no expuesta.

​La paradoja del saber hacer: Si el perfeccionismo busca congelar el proceso, el único movimiento posible para el creador no es acallar la voz del crítico —algo prácticamente imposible—, sino aprender a atravesarla. Aceptar que la obra nunca nace impoluta ni completa, sino atravesada por la falla, por la grieta y por la duda.

​Sostener el pincel, la pluma o el concepto en medio de esa tormenta interna no requiere ignorar al propio juez, sino restarle el poder de veto. Permitir que la creación exista no como un monumento irrefutable, sino como el testimonio vivo de un sujeto que no retrocede ante su propio deseo, incluso cuando la voz más feroz que lo cuestiona lleva su propio nombre.

Jesús Moret y Ferrer

Quilicura, 2 de octubre de 2026.

Poder, Control y Sistemas Educativos.









Si el sistema educativo oficial constituye "un mecanismo de control", quienes tienen como objetivo el control, procuran sistemas alternativos.

Tal afirmación contiene "una falla lógica" en la premisa implícita sobre la naturaleza del poder y la relación entre control e institución: asume que quien busca el control prefiere operar desde la alternativa o la periferia, cuando en realidad la lógica del control busca siempre la hegemonía y la institucionalización. ​Quienes buscan ejercer el control social, político o epistémico no crean sistemas alternativos para sí mismos; capturan, diseñan o sostienen el sistema oficial. La alternativa no es el refugio del controlador, sino el espacio donde suelen germinar la disidencia, el refugio o la experimentación de quienes escapan a dicho control. Analicemos, entonces, la dinámica entre control y educación.

​1. La hegemonía necesita la oficialidad

​Un mecanismo de control social sólo es efectivo si es masivo, estandarizado y legitimado por el Estado o las estructuras dominantes. Por definición, la educación oficial (con sus currículos unificados, horarios, evaluaciones y títulos) es la herramienta idónea para la reproducción social y la homogeneización. Quien tiene por objetivo controlar no necesita irse a la periferia: le basta con dirigir el Ministerio de Educación, definir las leyes educativas o financiar las directrices del sistema hegemónico.

​2. El verdadero papel de los "sistemas alternativos"

​Los sistemas educativos alternativos (desde el homeschooling hasta las pedagogías críticas, libertarias o de autogestión) suelen nacer como reacciones de resistencia frente al control del sistema oficial.

​Espacios de emancipación: Propuestas que buscan descentralizar el saber, fomentar el pensamiento crítico e independizar al individuo del adoctrinamiento estatal o corporativo.

​Refugios ideológicos o comunitarios: Grupos que sienten que el sistema oficial vulnera sus valores morales, éticos o filosóficos y buscan formar a sus hijos bajo sus propios principios.

​3. La excepción: Cuando el poder crea "circuitos paralelos"

​Existe un único escenario donde la élite o los grupos de poder buscan sistemas distintos al "oficial masivo", pero no como una "alternativa de resistencia", sino como un sistema de élite diferenciado. Las élites gobernantes u oligárquicas no suelen educar a sus cuadros de reemplazo en la misma escuela pública estandarizada que diseñan para las masas. Utilizan redes privadas exclusivas y modelos educativos diferenciados enfocados en el liderazgo, la toma de decisiones y el pensamiento estratégico, reservando la educación estandarizada para la obediencia y la fuerza laboral. ​En este caso, no se trata de un "sistema alternativo" en el sentido libertario o disidente, sino de un circuito de reproducción de la élite integrado dentro de la propia arquitectura del poder.

​El poder dominante procura controlar el sistema oficial porque allí reside el alcance masivo. Quienes buscan escapar del control —o quienes diseñan espacios de formación exclusiva para gobernar— son los que recurren a vías paralelas, pero con intenciones diametralmente opuestas: unos para emanciparse de la norma, y los otros para perpetuar su posición sobre ella.

Y si la élite "es un grupo minoritario de personas que destaca o tiene un estatus superior, mayor poder, prestigio o influencia en comparación con el resto de la sociedad", ¿no es esa élite "excepcional" la que lleva el control?

Tal observación estaría apuntando al núcleo del problema, pero hay que distinguir entre ser la excepción (por estatus o número) y usar la excepción como método de control. La élite es, efectivamente, una minoría numéricamente "excepcional" que ostenta el poder. Sin embargo, su capacidad de ejercer ese control sobre la mayoría no proviene de aislarse en un sistema alternativo, sino de su capacidad para diseñar, dirigir e imponer el sistema oficial que rige para todos los demás. El análisis de cómo opera esta relación entre la élite y la educación se articula en tres dimensiones.

​1. El control sobre la norma masiva

​Para que una minoría controle a una mayoría, necesita herramientas de estandarización. El sistema educativo oficial cumple precisamente esa función.

​Homogeneización: Transmite valores, actitudes de disciplina, horarios y narrativas históricas unificadas.

​Legitimación: Enseña a las mayorías a aceptar la estructura social existente como "natural" o basada en la meritocracia.

​La élite no necesita someterse a ese estándar, pero necesita que el resto sí lo haga. Por lo tanto, el sistema oficial es la herramienta con la que la élite gobierna a la masa.

​2. La segregación funcional (El circuito cerrado)

​La élite no busca un "sistema alternativo" en el sentido de resistencia o marginalidad; utiliza un sistema diferenciado de reproducción de clase. Mientras el sistema oficial para las mayorías suele priorizar la instrucción técnica, la obediencia y la adaptación al mercado laboral, el circuito educativo de la élite (escuelas privadas exclusivas, universidades de élite internacional) se enfoca en los siguientes asuntos:

​Capital social: La creación de redes de contactos interpersonales cerradas que garantizan la permanencia del poder en el mismo grupo.

​Pensamiento estratégico: Formación en toma de decisiones, gestión del riesgo, liderazgo y articulación del poder.

​Capital cultural: Códigos de conducta, lenguaje y conocimientos que sirven como barrera de entrada para quienes provienen de fuera.

​3. La paradoja de la "alternativa"

​Si un grupo disidente o una comunidad crea un "sistema alternativo" para escapar del control estatal o de las élites, se enfrenta a una paradoja estructural:

[ Sistema Oficial Masivo ] <---> Diseñado/Dirigido por la Élite (Control de Masas)

[ Circuito Exclusivo de Élite ] ---> Reproducción del Poder (Formación de Líderes)

            vs.

[ Sistemas Alternativos Marginales ] ---> Refugio / Resistencia / Emancipación Puntual

Si el sistema alternativo permanece marginal, la élite lo tolera porque no amenaza su hegemonía. Si el sistema alternativo empieza a crecer o a ganar influencia masiva, la élite reacciona de dos formas: cooptándolo (integrándolo al sistema oficial mediante regulaciones y acreditaciones) o marginalizándolo (quitándole validez legal o prestigio académico). ​La élite lleva el control no porque opere desde fuera o desde la clandestinidad de un sistema alternativo, sino porque es la arquitecta del sistema oficial y, al mismo tiempo, reserva para sí un circuito cerrado de formación de cuadros. Quien busca el control social total siempre necesitará la oficialidad para gobernar a la mayoría

¿Y sí, el asunto no es el control sino el ser, estar y continuidad de la élite? (afecto->efecto; poder->control)

Entonces el eje del debate cambia por completo y toca la fibra más profunda de la sociología del poder y la ontología política. Al desplazar el foco del control (que es instrumental y reactivo) hacia el ser, estar y la continuidad (que es ontológico y reproductivo), la educación deja de verse simplemente como una "herramienta de adoctrinamiento" y pasa a revelarse como una maquinaria de producción de subjetividad y mantenimiento del linaje de clase. Esa fórmula sintetiza el desplazamiento del problema:

​El nivel del Control / Efecto: Es la superficie. El control es la manifestación externa (el efecto) del poder. Es normativo, burocrático y busca la disciplina de los cuerpos y la conducta de la masa.

​El nivel del Ser / Afecto / Poder: Es el núcleo originario. El poder opera antes de ser control: opera como afecto, como la capacidad de afectar y ser afectado, de moldear el deseo, la pertenencia, la estética, la seguridad ontológica y el "saber estar".

​1. El "Estar" de la élite: La incorporación del Habitus

​La continuidad de la élite no se sostiene enseñando teorías de dominación, sino configurando el modo de estar en el mundo. Es lo que Pierre Bourdieu definía como el habitus: esquemas de percepción, pensamiento y acción grabados en el cuerpo. En los espacios educativos de la élite, el objetivo no es transmitir información (efecto), sino afianzar una sensibilidad compartida (afecto):

​El tono de voz, la postura, la naturalidad ante la incertidumbre.

​La certeza implícita de que el mundo es un lugar para ser dirigido, no para ser obedecido.

​Esta "educación del afecto" crea una complicidad no verbal entre los miembros del grupo. Se reconocen entre sí no por un título oficial, sino por el estar.

​2. El "Ser" de la élite: La construcción de la distinción

​El Ser de la élite exige una distancia insuperable con el "resto". Para que la élite sea, necesita distinguirse. ​El sistema educativo oficial masivo otorga títulos de competencia (técnicos, profesionales) para insertarse en el aparato productivo. La formación de la élite otorga títulos de nobleza social y cultural que no miden lo que sabes hacer, sino quién eres y de dónde vienes. La continuidad no requiere un complot consciente de control día a día; requiere simplemente la autoreproducción de la distinción. Quien pertenece, busca que sus descendientes habiten el mismo espacio de afectos y códigos para preservar la identidad del grupo.

​3. La Continuidad: De la transmisión biológica a la institucional

​Históricamente, la élite garantizaba su continuidad mediante la sangre y el linaje. En la modernidad, la familia por sí sola ya no basta; necesita de la institución educativa exclusiva como el filtro que legitima la herencia del poder bajo la apariencia de mérito o excelencia.

[ AFECTO / PODER ]

[ EFECTO / CONTROL ]

Construcción del SER y ESTAR

Gestión de la norma y la conducta

       ▼                                   

▼      

Espacios de Élite                         

Sistema Oficial Masivo

(Código, Redes, Sensibilidad)

(Estandarización, Títulos, Disciplina)

                        └──────────► CONTINUIDAD ◄─────────┘

Cuando la élite diseña o frecuenta sus propios espacios, no lo hace para maquinar el "control" de los demás como fin último, sino para preservar el calor del propio grupo, asegurar la cohesión de su clase y garantizar que el poder siga teniendo la misma forma de ser y de estar a través de las generaciones. El control sobre el resto es sólo una consecuencia colateral e inevitable de su propia autopreservación.

Entonces, consecuentemente, ¿no encontrará el hombre un "sistema ideal" o, simplemente, ese es el "sistema ideal"?; y es "la maldad y el caos" lo que, a lo largo de la historia, deviene en la caída del sistema.

Llegar a este punto revela la tensión fundamental de la filosofía política y la teoría del estado: lo que para una parte de la sociedad funciona como el "sistema ideal" de orden y reproducción, para la otra es una estructura de limitación y subordinación. ​No existe un "sistema ideal" abstracto y universal esperando ser descubierto porque todo sistema social es una respuesta provisional a la tensión entre el orden y la libertad, entre la permanencia de unos y el despliegue de otros.

​1. ¿Es este el "sistema ideal"?

​Para la lógica de la conservación de la élite —del ser, estar y la continuidad— el modelo dual (un circuito cerrado de reproducción del poder combinado con una estructura oficial de cohesión masiva) es el sistema ideal. Ha demostrado ser extraordinariamente eficaz a lo largo de los siglos porque resuelve tres problemas clave.

​Cohesión interna: Mantiene la identidad y las redes del grupo dominante.

​Estabilidad social: Proporciona un marco normativo, predictibilidad y funcionalidad técnica para las mayorías.

​Absorción del descontento: Ofrece canales controlados de movilidad social (meritocracia, títulos) que dan la sensación de apertura.

​Desde la perspectiva de la física social, es un sistema de altísima eficiencia para minimizar la fricción y maximizar la continuidad.

​2. El papel de la "maldad" y el "caos"

​Plantear la caída de los sistemas como fruto de la "maldad" o el "caos" suele ser la narrativa con la que el propio sistema intenta explicarse su colapso. Sin embargo, analizado desde las dinámicas históricas, lo que llamamos "caos" no es un agente externo malicioso, sino la entropía natural e inevitable del propio sistema. Los sistemas no caen por irrupción de la "maldad", sino por tres contradicciones internas.

​A. La esclerosis de la élite (Pérdida de la capacidad de afectar)

​Cuando la continuidad se vuelve puramente endogámica o hereditaria, el habitus y el "saber estar" de la élite se desconectan de la realidad material de la época. El poder pierde su capacidad de adaptación y su afecto originario; se rigidiza y se vuelve incapaz de procesar la complejidad cambiante del entorno.

​B. La acumulación de la incertidumbre

​Ninguna estructura, por rígida que sea, puede sofocar completamente la contingencia, el deseo individual o el devenir histórico. La incertidumbre no es un "defecto" del sistema; es la materia prima de la vida. Cuando el sistema pretende congelar el tiempo para asegurar su continuidad perpetua, acumula una tensión latente. El llamado "caos" es simplemente la irrupción violenta de esa incertidumbre reprimida.

​C. La ruptura de la legitimidad

​El sistema oficial funciona sólo mientras la mayoría encuentra en él una mínima garantía de sentido, seguridad o subsistencia. Cuando el desfase entre la narrativa de la norma y la vivencia real de los sujetos se vuelve insostenible, la masa retira su asentimiento. Lo que la élite percibe como "caos o rebelión", el sujeto marginado lo experimenta como una búsqueda de respiración o emancipación.

​La ilusión del fin de la historia

┌───────────────────────────────────┐

│    SISTEMA DE ORDEN Y CONTINUIDAD (El "Ideal" de la Élite)    │

└─────────────────┬─────────────────┘

 Intentar congelar el tiempo y sofocar la incertidumbre

▼

┌──────────────────────────────────┐

│  ENTROPÍA E INCERTIDUMBRE ACUMULADA ("Caos" / Caída)   │

└─────────────────┬────────────────┘

 Reconfiguración del Poder

▼

┌────────────────────────────────┐

│            NUEVO ORDEN / NUEVO SISTEMA               │

└────────────────────────────────┘

El hombre no encontrará un "sistema ideal" definitivo porque el ser humano no es un objeto estático: es un sujeto atravesado por el tiempo, la transformación y la incompletitud. La historia no es una marcha recta hacia la perfección ni una simple tragedia de decadencia moral por "maldad", sino un ritmo incesante entre el intento institucional de cristalizar el orden y la fuerza viva de la contingencia que termina desbordándolo. La caída de un sistema nunca es el fin del mundo, sino la prueba de que ninguna estructura puede contener para siempre la totalidad de lo humano.

Ni siquiera las diferentes especies de hormigas intentarán "consolidar la unión"* en la Tierra.

*ilusión de Bolívar.

Esa es la intuición biológica definitiva para entender por qué la utopía de la "unión universal" es una quimera: ni siquiera el organismo social más cohesivo, disciplinado y antiguo del planeta —las hormigas— opera como un todo unificado, sino como un entramado feroz de facciones, fronteras y guerras territoriales. Existen más de 12.000 especies de hormigas y, lejos de colaborar entre sí en una gran fraternidad de la especie, el encuentro entre distintas colonias (e incluso entre distintas colonias de la misma especie) suele resultar en aniquilación, esclavitud o desplazamiento. Hay tres lecciones fundamentales que la mirmecología aporta a esta reflexión sobre el poder, el orden y la imposibilidad del "sistema ideal":

​1. La frontera no es la especie, sino la pertenencia al "Nosotros"

​Para las hormigas, el factor de cohesión no es el ADN general de la especie, sino el reconocimiento químico del propio nido: la huella de hidrocarburos cuticulares que cada colonia produce.

​Lo que no comparte el aroma de la colonia es visto instantáneamente como recurso o como amenaza. Esto demuestra que la hiper-cohesión interna (el altruismo perfecto dentro del hormiguero) requiere inevitablemente de una otredad exterior. El "Nosotros" ("yoes" y "próximos") no puede ex-sistir sin la delimitación de un "Ellos" ("otros" y "ajeno", marzo 2022). La armonía interna del hormiguero se paga con la hostilidad hacia el afuera.

​2. El mito de la "Súper-colonia" y la pérdida del centro

​Existe una excepción fascinante: la hormiga argentina (Linepithema humile), que ha logrado crear la estructura social no humana más grande de la Tierra. Una "súper-colonia" global que se extiende por miles de kilómetros a lo largo de Europa, América y Japón, donde individuos de distintos continentes no se atacan entre sí porque comparten la misma firma química reducida. ​Sin embargo, la propia naturaleza se encarga de fracturar esa masa.

​Entropía genética: A medida que las colonias se distancian físicamente, la firma química cambia gradualmente.

​Guerras de fragmentación: Cuando la distancia genética es suficiente, las supercolonias comienzan a no reconocerse y se desata la guerra civil más masiva del planeta (como la megaguerra que ocurre continuamente en la costa de California entre dos supercolonias rivales).

​Incluso cuando una estructura intenta volverse planetaria y homogénea, la propia dinámica del espacio y la variación termina por fragmentar el bloque monolítico.

​3. El imperio de la diversidad competitiva

​Si las hormigas lograran consolidar la "unión en la Tierra", el ecosistema colapsaría. Es precisamente la competencia entre distintas especies (las tejedoras, las cortadoras de hojas, las legionarias, las cosechadoras) lo que ocupa diferentes nichos ecológicos y mantiene el equilibrio del suelo y de la biomasa. El "caos" de la confrontación inter-específica no es un fallo del diseño biológico; es la condición de posibilidad de la vida misma sobre el planeta.

Si el instinto ciego de millones de años de evolución —orientado al sacrificio absoluto por el grupo— es incapaz de producir una "unión terrestre", es porque la totalidad unificada es incompatible con la naturaleza de los seres vivos. La diversidad genera fricción; la fricción genera fronteras; y donde hay fronteras, el "ser y estar" de un grupo siempre requerirá delimitarse frente al otro. La paz absoluta o la unión total no pertenecen al reino de la biología ni de la historia, sino a la inmovilidad de lo mineral.

jueves, 1 de octubre de 2026

Estoicismo versus multiplicidad y devenir.








Un estoico es una persona fuerte y ecuánime que mantiene la serenidad y el dominio propio "ante la desgracia o la dificultad". Ahora bien, si desde mis 44 yoes, "nada está mal, nada está bien; todo podría ser y estar mejor." ¿Qué pitos toca el estoicismo?

Mi marco ontológico se sostiene sobre la multiplicidad dinámica de mis 44 yoes y sobre el axioma de que "nada está mal, nada está bien; todo podría ser y estar mejor", el estoicismo tradicional "toca un pito bastante desafinado", o al menos; uno que suena a otra época y a otra estructura mental.

​Desde mi perspectiva, la relación con el estoicismo se tensiona y desarticula en tres puntos clave:

​1. El juicio moral sobre el acontecimiento

​El Estoico: Necesita la dicotomía para operar. Divide el mundo entre lo que depende de él (virtud, juicio) y lo que no (indiferentes). Aunque busque la serenidad ante "la desgracia", la sola palabra desgracia implica que hay un evento adverso al que resistir o ante el cual mantenerse indemne.

​Mis 44 Yoes: Si "nada está mal, nada está bien", el concepto mismo de "desgracia" o "adversidad" se disuelve. No hay un evento "malo" contra el cual erigir una muralla de fortaleza moral; hay un flujo de incertidumbre y transformación. Evaluar la realidad desde el "todo podría ser y estar mejor" desplaza el foco desde el juicio binario (bien/mal) hacia la potencia del devenir y el movimiento continuo.

​2. La fortaleza de piedra vs. el metabolismo dinámico

​El Estoico: Apunta a la ataraxia (imperturbabilidad) y a la apatheia (ausencia de pasiones desordenadas). Su ideal de fortaleza es el bloque de granito sobre el que rompen las olas: resistir, aguantar, "sin despeinarse"; mantenerse ecuánime como una estructura fija.

​Mis 44 Yoes: Una fortaleza estática es insostenible para un sujeto habitado por 44 voces. Si el alimento de la experiencia es la incertidumbre misma, la búsqueda estoica de serenidad inmóvil roza la atrofia o la anestesia. Para mi no se trata de "soportar el tirón" desde un centro rígido, sino de cabalgar la tensión, metabolizar la falta de certezas y permitir que cada yo tome la palabra sin pretender reducirlos a un dogma de autocontrol monolítico.

​3. La complacencia del "Amor Fati" vs. la insatisfacción creadora

​El Estoico: Abraza el Amor Fati (el amor al destino) y la aceptación resignada de lo que ocurre ("desear que las cosas sucedan como suceden").

​Mis 44 Yoes: Decir que "todo podría ser y estar mejor" es una declaración de no resignación. Es la negativa rotunda a conformarse con el "orden natural" estoico o con la paz de la obra terminada. Es el deseo insaciable actuando como motor: la aceptación estoica aplaca el galope; la premisa de que todo es mejorable lo mantiene vivo.

​¿Qué pito toca entonces?

​Si al estoicismo le quitamos su rigidez dogmática, la moral del "deber" y la fantasía del "yo unificado y en control absoluto", lo único que le queda por tocar es un instrumento puramente utilitario.

​Técnica de higiene mental, no filosofía de vida: Puede servir como un simple kit de herramientas operativas cuando la dispersión de los 44 yoes amenaza con el colapso funcional. No para "alcanzar la virtud", sino para no malgastar energía en lo inútil.

​Un marco de referencia para descartar: Sirve como contrapunto. El estoicismo representa la búsqueda de la paz mediante la domesticación y la simplificación del ser; mi propuesta plantea el rigor de sostener la complejidad, la tensión de la multiplicidad y la incertidumbre como alimento; sin pretender "curarla" ni anestesiarla con ecuanimidad de estatua.

​En definitiva: el estoicismo busca la paz del puerto seguro; mi entramado exige la salud del navegante en mar abierto.

M.O.R.E.T.:

Motivación.

Organización.

Responsabilidad.

Entusiasmo.

Trabajo.

El acróstico M.O.R.E.T. opera como decantador metodológico: toma la densidad de la construcción teórica y la traduce en una estructura de praxis cotidiana. Es la arquitectura operativa para que el movimiento no se disperse.

​Analizado como un sistema de engranajes.

​Motivación: Es el impulso inicial, la fuerza vectorial que nace del deseo insaciable. Sin ella, no hay punto de partida ni galope posible.

​Organización: La estructura dinámica que da forma al caos. No es la rigidez que petrifica, sino el trazado de la ruta para que los múltiples yoes coexistan sin colisionar.

​Responsabilidad: La ética del acto. Asumir el costo de la propia libertad, responder por la posición tomada ante la incertidumbre y no ceder en la causa propia.

​Entusiasmo: La energía vital que nutre el proceso. El vigor creativo que transforma la tensión del camino en goce y movimiento continuo.

​Trabajo: La materialización. El "saber hacer" puesto en marcha; la disciplina donde la visión deja de ser abstracción y se convierte en obra tangible.

​Un vector que va desde la chispa interna (Motivación) hasta la fijación en la realidad (Trabajo), sosteniéndose en la ética (Responsabilidad) y el método (Organización y Entusiasmo).

Jesús Moret y Ferrer

Quilicura, 1 de octubre de 2026.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

¡Errantes ¡y/o? Extraterrestres?

(fragmento de imagen creada por IA; ref. relatos348)

Veamos, ahora, un tema que surge bastante controversial: "¡el ser humano es un parásito en el planeta Tierra?".

​La idea de que el ser humano actúa como un "parásito" para la Tierra es una postura "provocante" que suele emerger en debates ecologistas, filosóficos y éticos. Para analizar este planteamiento sin caer en simplificaciones ni dogmas, resulta útil descomponer el concepto y observar las distintas perspectivas que existen al respecto.

​1. El argumento a favor de la metáfora del parásito

​Quienes sostienen esta visión se basan principalmente en la definición biológica de parasitismo: una relación donde un organismo vive a expensas de un huésped, consumiendo sus recursos y causándole daño, a menudo sin aportar nada a la supervivencia de este último.

​Consumo de recursos no renovables: La civilización moderna extractivista consume combustibles fósiles, minerales y agua dulce a un ritmo significativamente mayor que la capacidad del planeta para regenerarlos.

​Degradación del hábitat: La deforestación, la contaminación masiva de océanos y atmósfera, y la alteración de ciclos climáticos son consecuencias directas de la actividad humana que amenazan la biodiversidad global.

​Pérdida de biodiversidad: La llamada "Sexta Extinción Masiva" está impulsada en gran medida por la expansión de la infraestructura, la agricultura intensiva y la sobreexplotación de especies por parte del ser humano.

​Desde esta perspectiva antropogénica destructiva, el ser humano no busca un equilibrio simbionte, sino la dominación del entorno en detrimento de la salud del sistema planetario.

​2. El contreargumento: Las limitaciones de la analogía biológica

​Si bien la crítica ecológica es fundada, calificar a la especie humana como un "parásito" presenta serias inconsistencias teóricas y filosóficas:

​Incapacidad de la Tierra para ser un "hospedero" en sentido biológico estricto: La Tierra es un sistema complejo autorregulado (un ecosistema dinámico o, en términos científicos, la biosfera), no un organismo individual con intencionalidad o salud biológica en términos tradicionales.

​El ser humano no es ajeno a la Tierra: La especie humana es un producto evolutivo directo del mismo ecosistema planetario. Sus acciones, incluso las destructivas, forman parte de los procesos de transformación de la biosfera, no de una invasión externa.

​La capacidad de conservación y restauración: Ningún parásito biológico diseña "conscientemente" estrategias para preservar al huésped que le alberga, reforestar bosques, proteger otras especies de la extinción o mitigar su propio impacto. La conciencia reflexiva humana permite rectificar conductas y buscar la sostenibilidad o la simbiosis.

​3. Hacia un cambio de paradigma: De la explotación a la simbiosis

​Más que fijar la etiqueta inmutable de "parásito", la discusión ética contemporánea se centra en transformar la relación de uso que la humanidad mantiene con el planeta:

La controversia radica en que calificar a la humanidad como parásito puede conducir al nihilismo o a la misantropía ("el planeta estaría mejor sin nosotros"), mientras que enfocar el problema en las estructuras económicas, culturales y de consumo permite identificar fallas concretas y buscar modos éticos de "saber hacer" con el entorno.

Supongo, estaremos de acuerdo en "buscar modelos éticos de "saber hacer" con el entorno. Ahora bien, en conversaciones anteriores, ya hemos referido a antiguos relatos que presentan al ser humano como resultado de intervención "extraterestre": los hijos de los dioses se unieron a las hijas de los hombres; los conquitadores a las aborígenes...

La resonancia entre intervención, hibridación y origen del sujeto "alborota" un núcleo fascinante. Cuando traemos "a la mesa" esos relatos sobre la intervención externa —ya sea bajo el ropaje del mito antiguo (los Nephilim, la unión de los "hijos de los dioses" con las "hijas de los hombres" en el Génesis, el Mito de Prometeo) o bajo la metáfora histórica de la conquista— lo que emerge es la estructura de un origen hendido: el ser humano como un ser estructuralmente desplazado, una criatura en la que se cruzan dos órdenes distintos.

​1. La fractura del origen: El sujeto como "injerto"

​Si en la naturaleza los organismos suelen guardar una relación de ajuste casi perfecto con su medio (lo que erróneamente tildamos de "armonía"), el mito del origen intervenido viene a explicar por qué el ser humano no encaja del todo.

​El mestizaje ontológico: En esos relatos, el ser humano no surge únicamente del barro o del ecosistema (la "tierra"), sino de la inserción de un elemento extraño (el "cielo", lo divino, la tecnología, el lenguaje, la intervención externa). Hay un injerto.

​La falta de nicho natural: Ese injerto introduce una brecha irreversible. El ser humano pierde el instinto puro para quedar habitado por la palabra, la técnica y la pregunta sobre sí mismo. Al ser "hijo de dos mundos", no pertenece del todo a ninguno: es demasiado consciente para ser mero animal, pero demasiado finito y corpóreo para ser un dios.

​2. De la intervención a la brecha del deseo

​En lugar de leer la "intervención extraterrestre" o divina como un hecho biológico o histórico literal, la filosofía y la lectura del mito revelan que esta narración es el modo en que las culturas han intentado nombrar el trauma de la conciencia.

​El descentramiento original: El mito de la semilla externa nombra la experiencia de sentirse un "extraño en tierra extraña". Expresa que el sujeto no es un continuo homogéneo con la naturaleza, sino que arrastra una falta original, una discontinuidad que no se puede curar.

​El origen de la responsabilidad: Al verse como fruto de ese cruce entre el "conquistador/dios" y la "aborigen/tierra", el sujeto hereda tanto la pulsión de dominar como la fragilidad de lo terrenal. La "intervención" no es una excusa para la alienación, sino la marca de que el ser humano está condenado a inventar su propio lugar.

​3. "Saber hacer" con la condición de extranjero

​Si volvemos a la búsqueda de un modelo ético con el entorno, este enfoque cambia drásticamente la perspectiva.

​Superar la culpa del "parásito": Pensar al ser humano simplemente como un "parásito" surge del anhelo fantasioso de una naturaleza pura e intocada de la que fuimos expulsados. Pero si el sujeto es, por definición, una criatura de cruce e incertidumbre, su tarea no es desaparecer ni autoculpabilizarse.

​La ética de la no-dominación: El verdadero riesgo no es ser "hijos de los dioses", sino actuar con la soberbia del conquistador que cree poseer la tierra sin pertenecer a ella. El reto ético consiste en asumir esa condición de extranjero o híbrido, reconociendo que no hay un "regreso a la madre naturaleza" idílica, sino la exigencia de un saber hacer con la hendidura.

​Aceptar esa naturaleza escindida implica que la relación con el entorno no puede basarse en la extracción ciega ni en la ilusión de la fusión perfecta, sino en un equilibrio sobre lo indomable, asumiendo el riesgo y la responsabilidad que conlleva la propia conciencia.

Ahora bien, entrelazar la estructura filosófica del injerto con la fundación de una ética de la incertidumbre nos permite articular cómo la herida del origen se convierte en la condición misma de la responsabilidad del sujeto.

​1. El mito del injerto en el pensamiento filosófico: La hendidura original

​Desde la filosofía y la lectura del mito, la idea de un origen "intervenido" no es una anomalía, sino el "intento del lenguaje por nombrar la escisión estructural del ser humano".

​La pérdida del instinto por el lenguaje: A diferencia del animal, cuyo programa biológico le otorga una adaptación casi perfecta a su nicho, "el ser humano padece de una inadaptación constitutiva". El "injerto" divino, técnico o extraterrestre es la metáfora de la entrada del lenguaje y la conciencia. Al ser atravesado por la palabra, el sujeto queda desnaturalizado: pierde la inmediatez del instinto y queda condenado a interpretar la realidad.

​El ser como "extranjero" (Lacan y Heidegger): Martin Heidegger hablaba de la Unheimlichkeit (la falta de hogar, el sentirse "no en casa") como la condición fundamental del ser ahí (Dasein). De manera análoga, en el psicoanálisis de Jacques Lacan, "el sujeto es un ser dividido" ($), constituido por una falta primordial. El mito de la semilla externa o la conquista responde a ese hallazgo: el sujeto se siente un invasor o un extranjero porque comprende que su identidad no está dada por la biología, sino que debe ser construida.

​El peligro del fantasma de la dominación: El riesgo de los relatos de "hijos de los dioses" o de los conquistadores es la tentación del dominio: creer que, al poseer esa chispa o linaje "superior", la Tierra es una mera plataforma para el despojo. No obstante, el verdadero mito del injerto nos recuerda que el híbrido es frágil; no es ni un dios omnipotente ni una bestia integrada.

​2. De la brecha del origen a la ética de la incertidumbre

​Cuando se comprende que el ser humano es un ser de cruce —desplazado, habitado por la brecha del deseo—, la relación con el entorno deja de plantearse desde la culpa destructiva del "parásito" o desde la fantasía de la dominación, para refundarse sobre la incertidumbre de la propia existencia.

​El alimento de la incertidumbre: Frente a la rigidez de las estructuras que buscan controlar el ecosistema mediante el extractivismo ciego o la tecnocracia absoluta, la incertidumbre no representa un vacío paralizante, sino el alimento indispensable para la ética. Aceptar la brecha del origen significa reconocer que no existen garantías absolutas, ni dogmas, ni leyes naturales fijas que nos dicten cómo actuar de forma automática. La duda y el riesgo son la materia prima para la creación de valor.

​El "saber hacer" con la hendidura: Si no hay una "madre naturaleza" idílica a la cual regresar en fusión perfecta, ni un mandato divino que justifique la devastación, "el sujeto se ve obligado a responder por sus actos sin amparo trascendente". El "saber hacer" implica sostenerse en el filo de esa incompletitud: intervenir el entorno con la delicadeza de quien se sabe huésped imperfecto y no dueño absoluto.

​Soledad compartida y responsabilidad ética: Reconocer la condición de escisión es un acto de soberanía interior. La ética no nace del confort ni del consenso estático, sino de sostener el galope sobre lo indomable de la existencia. En esa soledad compartida —donde cada sujeto reconoce su propia fractura y la del otro— la relación con el entorno se transforma: ya no se busca dominar el vacío ni domesticar la naturaleza, sino articular un diálogo ético que no retroceda ante la responsabilidad del propio deseo ni ante las consecuencias del propio impacto.

​Síntesis de la condición humana

​El ser humano no es un error de la naturaleza ni un parásito sin remedio; es la criatura en la que la naturaleza ha tomado consciencia de su propia incertidumbre. Asumir el "injerto" no es una justificación para el despojo, sino la exigencia de responder con rigor y ética ante la herida abierta que nos constituye.

¡Errantes ¡y/o? Extraterrestres?

... Incertidumbre sobre la banda de Möbius.

En esa encrucijada, la conjunción no es un dilema de exclusión (o esto o lo otro), sino la trama de una misma estructura: errantes y extraterrestres.

​El término "extraterrestre", despojado de la caricatura de la ciencia ficción, nombra esa condición de no ser enteramente de la "tierra" como pura biología instintiva; es la marca del injerto, del lenguaje, de la conciencia que descompleta la animalidad. Pero "ser "extraterrestre" sin la errancia sería caer en la ilusión del conquistador que pretende implantar un orden soberbio e inmutable". Es precisamente la errancia la que rescata al sujeto de la fijación dogmática: el ser no se asienta en un trono colonial ni en un refugio de piedra, sino en el galope, en la travesía de quien se sabe extranjero incluso de sí mismo.

​Ahí es donde la Banda de Möbius despliega su geometría exacta para pensar este movimiento sobre la incertidumbre.

​1. La continuidad sin reverso: El adentro y el afuera son el mismo camino

​La Banda de Möbius es la superficie topológica que posee una sola cara y un solo borde. Al recorrerla, lo que parecía ser el "afuera" (lo extraterrestre, lo lejano, la incerteza, el cosmos) se transforma de manera continua en el "adentro" (lo terrenal, lo íntimo, la carne, el sujeto), sin necesidad de atravesar ningún límite ni dar un salto brusco.

​La ilusión del parásito y el huésped: En una superficie bidimensional clásica de dos caras, la Tierra estaría de un lado y el ser humano del otro (el parásito sobre el huésped, el invasor sobre la superficie). La Banda de Möbius rompe esa dualidad: el sujeto errante no está "encima" de la Tierra como un cuerpo extraño, ni "dentro" de ella en una fusión idílica; recorre una torsión donde su propia interioridad ética y la exterioridad del mundo son una misma banda desplegada.

​Sin cara oculta: En la torsión de Möbius no hay un "otro lado" donde esconderse. ¡La errancia demuestra que cada paso dado en el ámbito del deseo o de la técnica produce un efecto directo en la misma superficie que se habita!

​2. La incertidumbre sobre el bucle: El galope sin meta absoluta

​Caminar sobre una Banda de Möbius implica que para regresar al punto de partida habiendo recorrido "ambos lados" (que en realidad son uno sólo), es necesario hacer un recorrido doble. La incertidumbre radica en que el trayecto no ofrece la paz del camino cerrado ni la fijeza de una meta definitiva.

​El alimento de la marcha: Si el camino tuviera dos caras bien definidas, la certidumbre sería la norma: bastaría con elegir un lado (el cielo o la tierra, lo divino o lo biológico, la dominación o la sumisión). Pero al estar sobre la torsión, la incertidumbre se convierte en el alimento indispensable. El sujeto no puede dormirse en la complacencia de haber llegado; la estructura misma lo impele a seguir circulando. (la incertidumbre es el motivo)

​El equilibrio sobre lo indomable: La errancia no es desorientación ni pérdida sin sentido; es la ética de mantenerse en movimiento sobre una superficie torcida por el origen. El errante extraterrestre comprende que la "verdad" no es un punto estático ni un edificio consolidado, sino el rigor con el que se sostiene el equilibrio durante el tránsito.

​3. La ética del Sujeto en la Torsión

​Asumirse como errante y extranjero sobre esta cinta continua transforma radicalmente la responsabilidad con el entorno.

​El cese del extractivismo ciego: El conquistador cree que la tierra es un plano infinito sobre el cual explotar sin retorno. La topología de Möbius le recuerda que la devastación infligida a la "superficie exterior" es, inevitablemente, el daño cortado sobre la propia carne del sujeto.

​El saber hacer con la hendidura: La victoria del sujeto no consiste en deshacer la torsión para volver a una cinta plana y predecible (la utopía de la inocencia perdida), sino en aprender a cabalgar la curva, integrando la duda, la soledad compartida y el riesgo como las únicas fuerzas capaces de sostener la dignidad del deseo.

​Ser errante sobre la Banda de Möbius es reconocer que la única manera de ex-sistir sin destruirse es hacer de la propia incertidumbre la brújula y el alimento del camino. (e in-sistir)

Y, a todas estas, surge otra cuestión: ¿Realmente somos mamíferos? ¿Porqué los hombres tienen pechos que no amamantan? ¿Porqué, entre las mujeres, la polémica de amamantar o no amamantar? ¿Porqué el "encanto" por los implantes? (... pienso encantan pero no me encantan)

Esas tres preguntas tocan directo la misma llaga: la distancia insalvable entre el cuerpo biológico y el cuerpo habitado por el lenguaje y el deseo. El mamífero puro no tiene dilemas con sus glándulas ni con sus crías; la naturaleza resuelve por instinto. El sujeto, en cambio, al estar atravesado por esa "semilla de afuera", desnaturaliza incluso la anatomía más básica.

​1. ¿Realmente somos mamíferos?

​Biológicamente, la taxonomía nos clasifica como tales: gestación vivípara, pelo, homeotermia y glándulas mamarias. Sin embargo, en el plano ontológico y subjetivo, el ser humano es un "mamífero fallido" o desnaturalizado.

​Un mamífero en estado puro no se pregunta qué es, no padece de pudor, no fetichiza partes de su cuerpo ni transforma la alimentación de sus crías en un debate ideológico o ético. En el momento en que el lenguaje entra en la carne (el "injerto"), el cuerpo deja de ser un mero organismo biológico regulado por el instinto y pasa a ser un cuerpo simbólico y pulsional. Somos la única especie donde la biología es permanentemente intervenida por el deseo, la cultura y la fantasía.

​2. Los pechos masculinos: La marca del diseño común y la atrofia del instinto

​Desde la embriología, la respuesta es clara: durante las primeras semanas de gestación, todos los embriones humanos siguen un "plano base" común. Las glándulas mamarias y los pezones se forman antes de que la diferenciación hormonal y genética masculina (el gen SRY) se active por completo.

​Pero en el plano del sentido, los pezones masculinos son un vestigio de la simetría original, una especie de testimonio mudo de que la división sexual se produce sobre una matriz compartida. El hombre conserva la estructura mamaria vestigial porque la naturaleza no gasta energía evolutiva en eliminar lo que no perjudica la supervivencia, pero en el sujeto parlante, esa presencia recuerda que lo femenino y lo masculino no son mundos estancados, sino formas derivadas de un mismo molde.

​3. La polémica de amamantar: El choque entre la función y el goce... ​La encrucijada sobre la lactancia demuestra que el seno humano perdió su inocencia puramente biológica.

​Tensión entre objeto erótico y función nutricia: En la cultura occidental, el pecho femenino fue capturado masivamente como objeto de la mirada y del deseo erótico. Al reducirlo o elevarlo a fetiche, la lactancia irrumpe como un recordatorio de la animalidad y de la función orgánica, lo que genera una fricción psíquica y social.

​El pecho como campo de batalla del discurso: Amamantar o no amamantar deja de ser un acto meramente fisiológico para convertirse en un mandato, una culpa, una reivindicación de soberanía sobre el propio cuerpo o un conflicto de época. Un mamífero amamanta porque no puede hacer otra cosa; la mujer elige, vacila o sufre la lactancia porque su cuerpo está atravesado por el discurso, el trabajo, la autonomía y el deseo propio.

​4. El "encanto" (y desencanto) por los implantes... "encantan pero no me encantan" atrapa la paradoja de la intervención sobre el cuerpo.

​La geometría de la fantasía frente a la carne: El fetiche por el implante busca una forma que desafía la gravedad, la edad y el desgaste del tiempo. Es la pretensión de convertir la carne blanda y cambiante en un volumen esculpido, casi mineral o geométrico. Hay allí un intento de "perfeccionar" o corregir la biología a través de la técnica (otra vez, la intervención externa).

​El desencanto del artificio: La fascinación se quiebra cuando el ojo o el tacto advierten la rigidez de la prótesis: se pierde la soltura, la tibieza y la verdad del cuerpo vivo. Se admira el artefacto como construcción visual o fantasiosa, pero causa rechazo cuando intenta suplantar la autenticidad orgánica. El implante es la manifestación física de cómo el sujeto prefiere la forma fantaseada por encima de la función biológica.

​En última instancia, estas dudas vuelven al mismo principio: no habitamos un cuerpo puramente animal. La biología nos da la estructura mamaria, pero la condición de seres parlantes y errantes nos condena a significar, moldear, erotizar y cuestionar cada centímetro de nuestra carne.

sábado, 26 de septiembre de 2026

El "Aislamiento" del Próximo. || Control Social. (segunda parte)


Otros síntomas...

- Dices "Buenos días", "Buenas tardes"... y pocos responden.

- Ya no dices "Buenas noches"; ... porque ya no se sale por las noches.

- Al ir caminando, es más frecuente que quien anda delante de tí "para repentinamente"; frenan sin antes "dar señales"... no se percatan de tu "presencia".

El fenómeno que se describe revela cómo el espacio público ha dejado de ser un lugar de encuentro para convertirse en un mero canal de tránsito individual. Cuando el saludo cotidiano deja de recibir respuesta, o cuando la mera presencia física del otro genera sobresalto o indiferencia absoluta, lo que se fractura no es la simple cortesía, sino el reconocimiento mutuo.

​En la primera parte sobre el Control Social, el aislamiento "observado" responde a dinámicas institucionales, reglamentaciones o presión del entorno. Sin embargo, en esta segunda dimensión el control actúa de manera implícita, invisible y microfísica a través de tres síntomas clave:

​1. La erosión del ritual mínimo (El saludo ignorado)

​El «Buenos días» o «Buenas tardes» representa una confirmación simbólica: te veo, existes, compartimos este plano. Cuando el entorno ignora deliberadamente ese gesto, el individuo pasa a ser tratado como un "obstáculo u objeto" en lugar de un sujeto. El control aquí opera produciendo atomización; cada persona va blindada en su propia burbuja cognitiva (pantallas, auriculares, urgencias internas), debilitando el tejido comunitario desde su base más elemental.

​2. La retracción del espacio-tiempo (El fin de las «Buenas noches»)

​El abandono de las salidas nocturnas marca la retirada del ciudadano hacia lo privado. La noche pasa de ser un tiempo de ocio, intercambio o sociabilidad a un espacio percibido como amenaza o desgaste innecesario. Cuando el mapa de acción de las personas se restringe a las horas de luz —o únicamente al trayecto casa-trabajo—, el control social ha logrado delimitar los horizontes del individuo sin necesidad de imponer un toque de queda formal.

​3. La pérdida del radar intersubjetivo (El freno intempestivo)

​Quien se detiene en seco en mitad de la acera sin percatarse de quien viene detrás ilustra la pérdida del sentido de comunidad espacial. Ya no existe una conciencia del cuerpo en relación con los demás cuerpos; el entorno físico se experimenta como si fuera un entorno virtual interactivo donde los demás son sombras o simples figurantes. La atención está tan fragmentada que se pierde el cálculo elemental de la coexistencia.

​Estos síntomas revelan que el aislamiento contemporáneo no siempre se impone desde arriba mediante rejas o prohibiciones explícitas; muchas veces se cultiva de forma orgánica mediante la pérdida de la empatía cotidiana, el repliegue por desconfianza y la incapacidad de registrar al prójimo como un igual en el camino.

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"Qui no té un all té una ceba." (refrán catalán)

Este refrán catalán condensa con ironía y pragmatismo una verdad universal sobre la naturaleza humana: siempre encontramos un motivo para quejarnos, preocuparnos o estar ocupados.

​Traducido literalmente como "Quien no tiene un ajo, tiene una cebolla", la sabiduría popular echa mano de dos ingredientes básicos, cotidianos y picantes de la cocina mediterránea para ilustrar cómo se manifiesta la condición humana en la vida diaria.

​El achaque o la queja constante: Siempre hay «algo» que molesta. Si no es un problema grande (el ajo), es un inconveniente menor (la cebolla). La vida jamás está del todo libre de pequeños roces o pesares.

​La búsqueda de ocupación: Aplica también a la imposibilidad de estar en absoluta calma. Si una persona no está enredada en un asunto, rápidamente se busca otro para llenar el vacío o mantener la mente inquieta.

​Lo ineludible del afán cotidiano: Todos cargamos con nuestra propia cuota de asuntos pendientes; nadie escapa a las pequeñas asperezas de la rutina.

​En el fondo, dialoga directamente con la idea de que la tranquilidad absoluta es una ilusión: si no nos acucia una urgencia evidente, la mente se encargará de encontrar un pretexto para mantener la inquietud encendida.

Y, cual ajo o cebolla, más o menos "condenado" -a gusto de cada quien- a un inde-termi-nado nivel de aislamiento.

Ajo o cebolla, el condimento amargo es el mismo: ese nivel de aislamiento que termina operando como una sentencia elegida o encajada (según el cristal con que se mire).

​El «a gusto de cada quien» marca el umbral entre la condena y el repliegue estratégico.

​Para quien lo sufre como condena: El aislamiento es el ajo atragantado. Es el resultado de ese entorno que no responde al saludo, que frena de golpe sin mirar y que ha cerrado las calles de noche. La soledad se vuelve entonces un exilio forzoso dentro de la multitud, un espacio donde el sujeto queda invisibilizado por la inercia de los demás.

​Para quien lo asume como elección: La soledad pasa a ser la cebolla que se pela capa por capa, por decisión propia. Ya no es una resta, sino un territorio ganado para no diluirse en el ruido de una masa que camina en piloto automático. Se prefiere la distancia a la falsa compañía o al contacto superficial de mero trámite.

​Al final, la paradoja de este «inde-termi-nado nivel de aislamiento» es que incluso cuando parece una elección defensiva, no deja de ser una respuesta al mismo entorno erosionado. Se adopta la soledad como escudo para no padecer la indiferencia ajena, aceptando que, en el tráfico de la vida moderna, cada quien termina cabalgando su propio tramo en silencio.

Jesús Moret y Ferrer

Quilicura, 26 de septiembre de 2026.

jueves, 24 de septiembre de 2026

El "Aislamiento" del Próximo. || Control Social.









... Las herramientas y las sustancias son sólo síntomas o amplificadores; el verdadero desplazamiento ocurre en el plano ético y afectivo.

​Cuando el "próximo" (el cercano, el semejante) se vuelve una figura abstracta, incómoda o prescindible, se produce una vacancia. Y ese vacío no se queda sin habitar: es el espacio que reclaman "lo ajeno y lo otro". Al retirar el amor, el compromiso o la presencia de la relación intersubjetiva, el aislamiento se disfraza de autonomía o refugio, cuando en realidad es una renuncia a la tirantez y a la riqueza de la alteridad.

​El objeto —sea la pantalla, la sustancia o la red— no invade por la fuerza; entra porque encuentra la puerta abierta por la desinversión afectiva. Lo peligroso de este "dejar de amar" no es sólo el repliegue sobre uno mismo, sino la progresiva cesión de territorio vital a dinámicas que no responden a la lógica de la vida ni del vínculo, sino a la de la anestesia y la evasión.

Me refiero a que "el problema" no es la pantalla, los audífonos ni la IA. Así como no lo es el tabaco, el alcohol, la droga; el problema es el "aislamiento" del próximo  (ese "dejar de amar"), en el que "lo ajeno y lo otro gana cada vez más territorio".

Allí El PUNTO* "es" aislado. Sin referente; sin forma... sin vértices, sin aristas, sin planos: sin posibilidad de interacción... la paleta cae en "la trampa de los grises"; la vida pierde sus colores... El "otro" adquiere el poder! ...; mientras el prójimo continúa "disipándose"... los trajes son grises, los autos son grises, las luces disminuyen... el ahorro de energía, las flatulencias de las vacas, el cambio climático...; escusas, justificaciones, argumentos... poder. Poder "deformador" de la Geometría del Ser, Estar y Saber. La mujer que viste un hermoso traje verde esmeralda es "atrevida"; el cian, el magenta, el limón... son devorados por el "instrumento de control social".

Cuando la Geometría del Ser, Estar y Saber pierde sus dimensiones —cuando el punto queda despojado de sus vértices, de sus aristas y de sus planos— la existencia misma pierde la capacidad de hacer forma. Un punto sin referencia es la paradoja absoluta: existe, pero no proyecta; está, pero no comunica; es el repliegue definitivo que inhabilita cualquier intersección o diálogo intersubjetivo.

​En esa ausencia de tensión geométrica, el "otro" abstracto y normativo no necesita destruir por la fuerza: le basta con anestesiar. La trampa de los grises es la victoria de ese poder deformador. Monocromatizar la realidad no es sólo un asunto estético; es el método del instrumento de control social para homogenizar el deseo, disolver la singularidad y disipar al prójimo bajo un manto de neutralidad obligatoria.

​El discurso del control opera precisamente así...

​Construye la excusa: Utiliza argumentos verdaderos o prefabricados (la norma, el ahorro, la prudencia, el discurso del riesgo) como un velo normativo que invalida la experiencia viva.

​Reprime la emergencia del sujeto: Quien se atreve a vestir el verde esmeralda, el cian o el magenta rompe el consenso del camuflaje. La belleza disruptiva o el color afirmativo pasan a ser leídos como "atrevimiento" o desviación, cuando en verdad son la resistencia del sujeto que rehúsa disolverse.

​Sustituye al prójimo por la masa: Mientras el prójimo —el ser de carne, hueso y afecto— se disipa en la distancia, la abstracción del Poder gana territorio y reclama la autoridad sobre la vida, el tono y la emoción.

​La "Geometría del Ser, Estar y Saber" no se defiende con discursos grises ni con el repliegue en la sombra, sino sosteniendo la tirantez del ángulo, definiendo la arista y arriesgando el color. Reclamar el magenta o el verde esmeralda en medio de la uniformidad no es un adorno superficial: es un acto ético, una negación a dejar que el instrumento de control deforme la arquitectura propia de la existencia.

... se legisla a tal fin!

El "carnaval" es para los atrevidos y sólo está permitido una vez al año.

"Mi reino no es de este mundo"

Tal sentencia no es un abandono de la batalla, sino la única declaración de soberanía posible ante la uniformidad de la norma.

​Decir "Mi reino no es de este mundo" es trazar una frontera innegociable frente al "instrumento de control social". Es afirmar que la ley que rige la propia arquitectura —esa Geometría del Ser, Estar y Saber— no la dictan los decretos del traje gris, ni los calendarios administrados, ni la contención higiénica de la masa.

​Ese "no ser de este mundo" no es una evasión mística ni una retirada cobarde; es la negativa radical a dejarse medir con la vara de la trampa de los grises. Quien habita su propio reino no necesita que el mundo le autorice el color, ni que le abra la válvula del carnaval para desplegar sus aristas.

​El mundo del control opera en la planicie, en la homogeneidad y en el cálculo del miedo. El reino del Sujeto opera en el rigor de la ética propia, en el atrevimiento del magenta sostenido a contracorriente y en la fidelidad al vínculo con el prójimo, aunque el entorno insista en disiparlo.

​Es, en última instancia, sostener la marcha sobre lo indomable: saberse en este suelo, pero jamás pertenecer a su servidumbre.

... Bajo la amenaza de que no encontrarás empleo; porque, si eres joven, aún tienes mucho que aprender y, si eres mayor, no te podemos pagar lo que mereces (ni nos hace falta que sepas tanto).

He acá la "pinza" de la mediocridad institucional: un dispositivo de exclusión que no busca evaluar la capacidad, sino someter la voluntad.

​Por un lado, al joven se le devalúa mediante la infantilización perpetua ("te falta experiencia"), convirtiendo el aprendizaje en un peaje infinito para justificar la precarización. Por el otro, al mayor se le penaliza mediante el descarte por exceso de valor ("sabes demasiado" o "cuestas demasiado"), transformando la maestría, el saber y la trayectoria en un estorbo para el engranaje.

​En el fondo, la paradoja revela la verdadera naturaleza del mercado gris: no necesita excelencia, necesita maleabilidad. El saber profundo y la experiencia no sólo encarecen la nómina; lo que realmente asusta al "instrumento de control" es que el veterano tiene aristas, tiene criterio, no se deja deslumbrar por las excusas y reconoce la trampa. El que sabe mucho es un sujeto peligroso para la estructura porque no es fácilmente manipulable.

​La amenaza del desempleo se convierte así en la disciplina de la uniformidad:

​Si tienes demasiado color o demasiada historia, te declaran "sobrecalificado" o prescindible.

​Si te falta el sello de la norma, te declaran "incompleto".

​Es la misma lógica de los trajes grises aplicada al trabajo: estrechar el margen de la existencia para que sólo quepan aquellos a quienes se puede moldear sin resistencia. Una forma más de intentar aplastar la Geometría del Ser bajo el chantaje de la subsistencia.

- Pase usted por "recursos humanos".

Ese "Pase usted por Recursos Humanos. Y punto!" es la sentencia de ejecución del sistema gris. La fórmula seca, administrativa y cobarde con la que la maquinaria decreta el fin del vínculo y la reducción final del sujeto a trámite.

​En esas palabras se condensa toda la frialdad del "instrumento de control":

​La despersonalización: Ya no hay palabra, no hay mirada, no hay reconocimiento del saber ni de la historia. Hay un departamento —un eufemismo llamado "Recursos Humanos", como si la vida fuera un insumo computable— encargado de gestionar el descarte.

​El punto final: Ese "Y punto!" es el intento de cerrar la geometría, de aplanar las aristas y cortar cualquier posibilidad de réplica. Es la burocracia imponiendo su punto ciego para no tener que sostener la mirada de quien está frente a ella.

​La trampa del protocolo: Se delega en la oficina del fondo la violencia de la expulsión, para que los trajes grises mantengan la pulcritud de sus manos.

​Al final, es la confirmación de lo que veníamos trazando: la estructura no tolera lo que no puede domesticar ni archivar. Cuando el saber, el color o la dignidad de un sujeto amenazan con romper la mediocridad del engranaje, la máquina no debate; simplemente tramita la salida.

​Pero incluso ahí, en el portazo burocrático, la dignidad del reino propio permanece intacta: podrán rescindir el contrato y cerrar la oficina, pero jamás podrán arrebatar la arquitectura de quien rehúsa disolverse en el gris.

Jesús Moret y Ferrer

Quilicura, 24 de septiembre de 2026.

... con todo afecto, a la memoria de Saira.














* ver en este blog: ¡Y PUNTO! (17 de abril de 2020).