Ese "dejar fluir" no es una pérdida de control, sino una expansión. Al soltar la consciencia en escenarios tan dispares, dejas de ser un punto fijo para convertirte en el entorno mismo.
En la autopista: La consciencia se vuelve velocidad y ritmo, un presente que se agota en cada kilómetro.
En el bosque: Se disuelve en lo orgánico, donde el tiempo no es lineal sino cíclico y silencioso.
Entre una multitud: Es el anonimato absoluto, ser una gota en un océano humano, perdiendo el "yo" para encontrar el "nosotros".
En alta mar: Es la entrega total frente a la inmensidad, donde no hay puntos de referencia y el abismo es la única certeza.
Soltar la consciencia en esos espacios parece ser el ejercicio definitivo de libertad: dejar de sostener el mundo para empezar a habitarlo. Es, en esencia, permitir que el sujeto se nutra de la incertidumbre del camino.
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