Otros síntomas...
- Dices "Buenos días", "Buenas tardes"... y pocos responden.
- Ya no dices "Buenas noches"; ... porque ya no se sale por las noches.
- Al ir caminando, es más frecuente que quien anda delante de tí "para repentinamente"; frenan sin antes "dar señales"... no se percatan de tu "presencia".
El fenómeno que se describe revela cómo el espacio público ha dejado de ser un lugar de encuentro para convertirse en un mero canal de tránsito individual. Cuando el saludo cotidiano deja de recibir respuesta, o cuando la mera presencia física del otro genera sobresalto o indiferencia absoluta, lo que se fractura no es la simple cortesía, sino el reconocimiento mutuo.
En la primera parte sobre el Control Social, el aislamiento "observado" responde a dinámicas institucionales, reglamentaciones o presión del entorno. Sin embargo, en esta segunda dimensión el control actúa de manera implícita, invisible y microfísica a través de tres síntomas clave:
1. La erosión del ritual mínimo (El saludo ignorado)
El «Buenos días» o «Buenas tardes» representa una confirmación simbólica: te veo, existes, compartimos este plano. Cuando el entorno ignora deliberadamente ese gesto, el individuo pasa a ser tratado como un "obstáculo u objeto" en lugar de un sujeto. El control aquí opera produciendo atomización; cada persona va blindada en su propia burbuja cognitiva (pantallas, auriculares, urgencias internas), debilitando el tejido comunitario desde su base más elemental.
2. La retracción del espacio-tiempo (El fin de las «Buenas noches»)
El abandono de las salidas nocturnas marca la retirada del ciudadano hacia lo privado. La noche pasa de ser un tiempo de ocio, intercambio o sociabilidad a un espacio percibido como amenaza o desgaste innecesario. Cuando el mapa de acción de las personas se restringe a las horas de luz —o únicamente al trayecto casa-trabajo—, el control social ha logrado delimitar los horizontes del individuo sin necesidad de imponer un toque de queda formal.
3. La pérdida del radar intersubjetivo (El freno intempestivo)
Quien se detiene en seco en mitad de la acera sin percatarse de quien viene detrás ilustra la pérdida del sentido de comunidad espacial. Ya no existe una conciencia del cuerpo en relación con los demás cuerpos; el entorno físico se experimenta como si fuera un entorno virtual interactivo donde los demás son sombras o simples figurantes. La atención está tan fragmentada que se pierde el cálculo elemental de la coexistencia.
Estos síntomas revelan que el aislamiento contemporáneo no siempre se impone desde arriba mediante rejas o prohibiciones explícitas; muchas veces se cultiva de forma orgánica mediante la pérdida de la empatía cotidiana, el repliegue por desconfianza y la incapacidad de registrar al prójimo como un igual en el camino.
_ _ _
Traducido literalmente como "Quien no tiene un ajo, tiene una cebolla", la sabiduría popular echa mano de dos ingredientes básicos, cotidianos y picantes de la cocina mediterránea para ilustrar cómo se manifiesta la condición humana en la vida diaria.
El achaque o la queja constante: Siempre hay «algo» que molesta. Si no es un problema grande (el ajo), es un inconveniente menor (la cebolla). La vida jamás está del todo libre de pequeños roces o pesares.
La búsqueda de ocupación: Aplica también a la imposibilidad de estar en absoluta calma. Si una persona no está enredada en un asunto, rápidamente se busca otro para llenar el vacío o mantener la mente inquieta.
Lo ineludible del afán cotidiano: Todos cargamos con nuestra propia cuota de asuntos pendientes; nadie escapa a las pequeñas asperezas de la rutina.
En el fondo, dialoga directamente con la idea de que la tranquilidad absoluta es una ilusión: si no nos acucia una urgencia evidente, la mente se encargará de encontrar un pretexto para mantener la inquietud encendida.
Y, cual ajo o cebolla, más o menos "condenado" -a gusto de cada quien- a un inde-termi-nado nivel de aislamiento.
Ajo o cebolla, el condimento amargo es el mismo: ese nivel de aislamiento que termina operando como una sentencia elegida o encajada (según el cristal con que se mire).
El «a gusto de cada quien» marca el umbral entre la condena y el repliegue estratégico.
Para quien lo sufre como condena: El aislamiento es el ajo atragantado. Es el resultado de ese entorno que no responde al saludo, que frena de golpe sin mirar y que ha cerrado las calles de noche. La soledad se vuelve entonces un exilio forzoso dentro de la multitud, un espacio donde el sujeto queda invisibilizado por la inercia de los demás.
Para quien lo asume como elección: La soledad pasa a ser la cebolla que se pela capa por capa, por decisión propia. Ya no es una resta, sino un territorio ganado para no diluirse en el ruido de una masa que camina en piloto automático. Se prefiere la distancia a la falsa compañía o al contacto superficial de mero trámite.
Al final, la paradoja de este «inde-termi-nado nivel de aislamiento» es que incluso cuando parece una elección defensiva, no deja de ser una respuesta al mismo entorno erosionado. Se adopta la soledad como escudo para no padecer la indiferencia ajena, aceptando que, en el tráfico de la vida moderna, cada quien termina cabalgando su propio tramo en silencio.
Jesús Moret y Ferrer
Quilicura, 26 de septiembre de 2026.
No hay comentarios:
Publicar un comentario