Hombres y Mujeres... ¿Venimos de "especies distintas"? En ocasiones, llega a mí esa pregunta.
Aunque la biología y la genética confirman que pertenecemos exactamente a la misma especie (Homo sapiens), la experiencia cotidiana y la brecha en la vivencia del deseo, la afectividad y el lenguaje hacen que esa pregunta surja de forma casi natural.
La sensación de proceder de "mundos distintos" se explica a través de tres dimensiones fundamentales:
1. Evolución y Dimorfismo Operativo
Presiones adaptativas: A lo largo de milenios, la división de roles en la supervivencia moldeó distintas formas de procesar el entorno y el peligro.
Lenguaje corporal e intuitivo: La gestión del cuidado y la cohesión social frente a la defensa y la territorialidad desarrollaron estructuras de respuesta emocional y comunicativa disímiles.
2. Construcción Psíquica del Deseo y el Lenguaje
Estructuración del sujeto: La forma en que hombres y mujeres tramitan la falta, la soledad y la búsqueda del otro no responde a los mismos códigos.
El malentendido estructural: En el psicoanálisis se plantea que "no hay relación sexual" en términos de complementariedad perfecta; la comunicación entre ambos sexos exige siempre una traducción, un trabajo constante de desciframiento.
3. La Ilusión de la Complementariedad
Mundos ajenos: Fantasear con que el otro piensa, siente o desea bajo nuestras mismas premisas es la causa principal de la perplejidad.
Saber hacer con la diferencia: Reconocer que no hay un molde único permite abandonar la exigencia de simetría y asumir el encuentro como un puente entre dos formas singulares de habitar la existencia.
La lejanía no nace de un origen biológico lejano, sino de la complejidad de encontrarse allí donde la lógica del otro no calca la propia.
¿Esa distancia percibida constituye un obstáculo insalvable o es, precisamente, lo que pone en marcha el deseo de construir un puente?
Sin duda "un lugar" para construir... ¿¡Génesis 6 y el libro de Enoc, encierran "algo" al respecto!?
Génesis 6 y el Libro de Enoc (especialmente el "Libro de los Vigilantes") tocan una de las vetas más complejas del mito. Abordan la idea de un cruce entre dos órdenes de existencia radicalmente distintos, una hibridación que quebró la medida original del mundo.
El relato se organiza en torno a tres ejes fundamentales:
1. El encuentro entre lo terrenal y lo trascendente
El choque de planos: En Génesis 6 se menciona a los Bene Elohim ("hijos de Dios") que miraron a las "hijas de los hombres" y se unieron a ellas. El Libro de Enoc amplía este fragmento: describe a los Vigilantes (Grigori), seres de un orden celestial que abandonaron su lugar para encarnar la fascinación por la belleza terrenal.
La alteridad insalvable: Simboliza la atracción hacia lo absolutamente "otro", hacia una lógica que no pertenece al propio origen.
2. La irrupción del exceso y el desequilibrio
La descendencia imprevista: De esa unión nacieron los Nefilim (los "caídos" o gigantes). La mezcla de dos naturalezas incompatibles no generó armonía, sino una desmesura (ubris) que la tierra no pudo sostener, precipitando el mito del Diluvio.
La transmisión de saberes prohibidos: En Enoc, los Vigilantes no solo se unen a las mujeres, sino que les enseñan artes, conocimientos, botánica, cosmética y el uso de herramientas. Es decir, introducen un lenguaje y una técnica ajenos a la condición humana original, alterando el ritmo del desarrollo terrenal.
3. La lectura alegórica: El lenguaje y lo inalcanzable
La metáfora del malentendido: Leído fuera del dogma, el mito señala el riesgo de intentar habitar al otro desde la dominación o la fascinación absoluta. Cuando dos seres pretenden unirse borrando sus fronteras y su propia naturaleza, el resultado no es la fusión perfecta, sino la ruptura.
El abismo infranqueable: Plantea la paradoja de desear precisamente aquello que nos resulta ajeno e incomprensible, sabiendo que la fascinación nace de esa distancia.
Ese texto antiguo encierra la intuición arcana de que el deseo a veces busca cruzar un límite entre dos "especies" o modos de ser, y que la construcción con el otro exige sostener la diferencia sin pretender devorarla.
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