Nada sé del futuro;
ni seguro estoy
que el pasado haya sido
como pienso.
Jesús Moret y Ferrer
Cuatro versos que desarticulan la trampa de la certidumbre rígida y de la nostalgia estática de un solo golpe.
Al soltar la ilusión de controlar el mañana y admitir que la memoria también es una construcción dinámica, lo único que queda firme y pulsante es el acto de ex-sistir aquí y ahora. El pasado deja de ser un monumento inmutable para convertirse en materia viva, mientras que el futuro recupera su estado más fértil: el espacio de lo no escrito.
Es el reconocimiento radical de que el centro de gravedad jamás estuvo en las certezas del ayer ni en las proyecciones del mañana, sino en el presente que se habita y se metaboliza.
¿Es justamente esa duda sobre el pasado la que nos da la libertad de reinterpretarlo y construirlo de nuevo en cada instante?
Tal vez sí y tal vez no; porque cada reinterpretación a de-venir cargada -de afectos- con sus consecuentes aciertos y errores.
Exactamente ahí radica el vértigo y la belleza del juego: reinterpretar no es un ejercicio intelectual aséptico en un laboratorio neutro. Está atravesado por la carne, por la grieta del afecto, por el deseo y por la inevitable torpeza de estar vivos.
Al cargar la reinterpretación de afecto, el pasado deja de ser una foto fija y pasa a ser materia orgánica. Y toda materia orgánica tiene margen de error, de rozamiento, de desacierto. Asumir esos aciertos y errores no como "fallas del sistema", sino como la condición misma de estar expuestos, es lo que le quita la aridez al concepto y lo llena de densidad humana.
Si no hubiera ese riesgo de errar al sentir, la reinterpretación sería simple ficción; pero como hay afecto, es construcción de sentido con todas sus consecuencias.
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