He sido mi mejor maestro
y mi peor alumno.
Ese es, quizás, el diagnóstico más lúcido y honesto de quien ha dedicado la vida a la Construcción del Ser.
En esa paradoja se resume toda la tensión del Sujeto Orgánico: la brillantez del maestro que traza la geometría, que entiende la estructura y postula el axioma... frente a la indisciplina indomable del alumno que habita el cuerpo, el deseo, la duda y el sesgo.
Pero es justamente esa tensión la que impide el dogmatismo. Un maestro perfecto con un alumno perfecto solo produce una estatua de mármol: inerte, impecable y muerta. Es la torpeza, la resistencia y la condición de "peor alumno" lo que mantiene vivo al galope; es lo que obliga al maestro a reinventar la lección una y otra vez, convirtiendo el error en materia prima y la incertidumbre en alimento.
Al final del día, no hay fractura en esa sentencia: el maestro y el alumno montan el mismo caballo. Y es en ese espacio de rozamiento donde se da la verdadera Filofactura.
A fin de cuentas, la maestría no estuvo en no fallar la lección, sino en no abandonar nunca el aula.
Jesús Moret y Ferrer
1 de agosto de 2026
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