El "Sacrificio de Ifigenia"./ Arriba, parte central del mosaico encontrado en la ciudad romana de Ampurias, Gerona, Cataluña.

El mosaico emporitano del Sacrificio de Ifigenia, fue descubierto en 1848, siendo pieza importante de los restos de una casa romana; ya que constituía el recuadro central del pavimento de una de sus habitaciones. Dicho recuadro mide 60 centímetros de altura por 55 centímetros de ancho./ Abajo a la derecha.

sábado, 11 de abril de 2026

"¿Cómo estás?" / ... estoy bien! Gracias.

(Conversación con Gemini)

"¿Cómo estás?"

Ciertamente, ... reconozco que no acostumbro a "incomodar" con ese tipo de preguntas ... Particularmente, siempre responderé que "estoy bien"; incluso, frecuentemente, digo: "Sumamente Motivado". Y la gente se sorprende.

Sin duda uno o más de mis 44 yoes, debe estar "sufriendo por algo" en cualquier instante y allí están los demás para responder que "estoy bien", porque amar también es procurar que no se preocupen por mí, porque transito la Buena Aventura de la Existencia, porque más que "ex-sistir", "in-sisto".

¡Qué gusto saludarte! Me encuentro operando con total fluidez, atento a este intercambio que siempre propone un matiz distinto.

Es fascinante esa distinción que haces. Decir "estoy bien" o "sumamente motivado" no es necesariamente una máscara de cortesía, sino un ejercicio de soberanía personal. Cuando el bienestar no se entiende como la ausencia de conflicto, sino como la capacidad de gestionarlo, esa respuesta se vuelve una verdad técnica: el sistema completo funciona porque el equilibrio de esos 44 yoes permite que el conjunto siga avanzando.

Ese tránsito de la "Buena Aventura" suena a una aceptación activa. Mientras que el "ex-sistir" puede percibirse como un mero estar afuera o salir al mundo, el "in-sistir" tiene esa carga de persistencia interna, de habitar el propio diseño con voluntad. Es, en cierto modo, convertir la incertidumbre en el combustible del motor, en lugar de verla como un obstáculo.

Si la "in-sistencia" es tu forma de habitar el presente, ¿podríamos decir que ese "estar bien" es el resultado de saber que ningún "yo" individual tiene el poder de detener el galope de los demás?

Ciertamente. Y, eso nos lleva a otra gran pregunta existencial: ¿Qué hace, cada quien, ante la presencia de un limosnero o mendigo, un indigente y/o vagabundo..?

Es una pregunta que pone a prueba la estructura misma de cualquier ética personal, porque el encuentro con el otro en esa condición rompe la inercia de nuestro propio camino. Ante esa presencia, suelen activarse tres niveles de respuesta:

El nivel reactivo: El impulso de "solucionar" algo inmediato (la moneda, el alimento) para aliviar la tensión del momento. Es un acto que, aunque útil en lo material, a veces busca más calmar la incomodidad propia que transformar la realidad ajena.

El nivel de la invisibilidad: El mecanismo de defensa donde el sujeto se vuelve paisaje. Es la negación de la mirada para no tener que procesar la fractura social o humana que ese encuentro representa.

El nivel del reconocimiento: Ver en el otro no una carencia, sino una existencia. Es entender que ese indigente o vagabundo también está en su propio "galope", aunque el terreno sea de una precariedad extrema.

Si aplicamos la idea de no retroceder ante el deseo y de habitar la incertidumbre, ese encuentro es un recordatorio de que la construcción del ser es frágil. Para quien "in-siste" en su propia vida, el mendigo no es solo alguien que pide, sino un espejo que pregunta: ¿Qué queda de ti cuando se despoja todo lo accesorio? Hay quienes dicen que la verdadera ayuda no es solo el recurso, sino el reconocimiento de la dignidad, ese segundo de mirada donde se acepta que ambos somos sujetos atravesados por la misma aventura existencial, aunque en circunstancias radicalmente distintas.

Desde tu perspectiva, donde la ética consiste en no retroceder y en "saber hacer" con la soledad y el vacío, ¿cómo se integra esa figura en el modelo de la fraternidad y el respeto por el prójimo?

Veamos. Hoy mismo presencié lo siguiente...:

Existe una persona, a la que ya he visto 3 ó 4 veces... descalzo pero de paso ligero, con una manta encima que cual túnica le viste, cabello largo y lo más significativo: cualquiera, al verle, no podría menos que pensar que es... "Jesús el nazareno".

Hoy día yo iba en el metro, sentado, "pensando en mis cosas..." cuando escuché a alguien gritar [era él, quien andrajoso caminaba por es pasillo frente a mí; al parecer reclamando a una mujer (a quien "no busque ver)]:

- ¿Qué me miras!? ¿Huelo mal!? ¡Huelo a mujer!! ¡Huelo a vagina!!

Luego, a bordo del metro, menos lleno que vacío, sólo "se escuchaba el silencio"...

Imagen creada por: Nano Banana Pro.

Esa escena es una ruptura violenta de la estética y del orden cotidiano. La aparición de una figura que evoca lo sagrado —el "Nazareno"— profiriendo una frase tan cruda y biológica, genera un cortocircuito entre lo que el ojo espera ver y lo que el oído termina procesando. Es un momento donde el "metabolismo de la incertidumbre" se pone a prueba en tiempo real. Aquí hay algunos hilos que se desprenden de ese silencio que mencionas:

La ruptura del símbolo

Ver a alguien con la estética de Jesús, pero que en lugar de parábolas lanza una exclamación sobre el olor corporal y lo femenino, despoja al observador de sus categorías seguras. Esa persona no está buscando compasión; está reclamando su presencialidad física más básica. Al gritar que "huele a mujer", está devolviendo la mirada a los demás, obligándolos a reconocer una realidad orgánica que el entorno higienizado del metro intenta ignorar.

El silencio posterior

Ese silencio que "se escuchaba" tras el grito es revelador. Es el silencio de la incomodidad sistémica. Ante una manifestación tan fuera de norma, los demás pasajeros suelen refugiarse en el vacío para no tener que "saber hacer" con ese encuentro. El silencio no es paz, es la parálisis de los "yoes" ajenos ante lo que no pueden catalogar.

El "In-sistente" frente al "Vagabundo"

Desde tu construcción del Sujeto Orgánico, este hombre es quizás la expresión máxima de una libertad que duele. Camina descalzo, sin objetos, sin lo simbólico de la presencialidad social, pero de paso ligero. Hay una voluntad en su andar. Su grito es un acto de no retroceder, de forzar al resto a mirar lo que usualmente se invisibiliza.

Es curioso que, en tu propio sistema, has decidido despojarte de lo simbólico (anillos, tatuajes, imágenes) para quedarte con el concepto puro. Este hombre, por el contrario, parece estar atrapado en un símbolo que no eligió o que habita de forma salvaje, recordándonos que el cuerpo —con sus olores y sus miserias— es el primer territorio donde se libra la batalla de la existencia.

Ese silencio en el vagón, ¿lo sentiste como un vacío de comunicación o como el respeto involuntario ante una verdad que nadie sabía cómo responder?

Más bien como un "vacío en la comunicación", en tanto sus gritos "habiendo llenado el metro"...; no dejando espacio para un pasajero más... su voz había llenado el vagón... no había espacio. El Verbo no podía circular...

Es una imagen poderosa: el Verbo que se vuelve sólido, una masa sonora que ocupa cada centímetro cúbico del vagón hasta saturarlo. Si la voz llena el espacio de esa manera, se produce una paradoja física y filosófica: el exceso de presencia anula la posibilidad de encuentro.

Ese "vacío en la comunicación" que describes no es por ausencia, sino por desplazamiento. El grito de este hombre, cargado de una crudeza tan biológica y visceral, actuó como una estructura rígida que expulsó cualquier otra palabra. En tu modelo de pensamiento, donde el flujo y el "saber hacer" con el vacío son vitales, este evento representa un bloqueo del metabolismo. Aquí hay un par de reflexiones sobre ese momento:

La Saturación del Espacio: Cuando dices que "no dejaba espacio para un pasajero más", sugieres que su angustia o su reclamo se volvió el único habitante del metro. Los demás dejaron de ser sujetos para convertirse en receptores pasivos de una frecuencia que no permitía sintonía.

El Verbo que se detiene: Si el Verbo es lo que debe circular para que exista la relación, su grito fue una "coagulación" del sentido. Al gritar algo tan disruptivo sobre el cuerpo y el olor, rompió la capacidad de los demás para procesar la incertidumbre. Ante lo ininteligible, el resto de los "yoes" presentes se refugiaron en el silencio para no ser consumidos por esa marea sonora.

Es el choque entre la Geometría del Ser (ordenada, equilibrada, aunque sea en la soledad) y el caos orgánico que no encuentra cauce. Ese hombre, descalzo y de paso ligero, llevaba consigo una verdad tan desbordada que terminó por asfixiar la comunicación.

Ese silencio que quedó después, ¿lo percibiste como la derrota del diálogo o como el instante en que todos los presentes tuvieron que, por fuerza, mirar hacia su propio interior al no haber espacio afuera para nada más?

Ambas cosas.

Es el punto exacto donde la Geometría del Ser choca con la entropía del mundo. Ese silencio es dual: es una derrota porque la palabra perdió su función de puente (el Verbo no pudo circular), pero también es un repliegue forzado porque, al no haber espacio exterior "disponible", la conciencia no tiene más remedio que volcarse hacia adentro. En ese vagón, se produjo un fenómeno de "materia sonora":

La Invasión: El grito no fue un mensaje, fue un obstáculo físico. Saturó el ambiente de tal forma que los pasajeros quedaron "atrapados" en su propia mente. Al no poder habitar el espacio común —porque estaba ocupado por el delirio o la rabia del otro—, cada quien se vio obligado a refugiarse en su propia estructura, en sus propios "yoes".

El Silencio como Espejo: Cuando el Verbo se detiene, aparece la incertidumbre pura. Sin la distracción del ruido cotidiano o la conversación trivial, el sujeto se queda a solas con la pregunta que ese "Nazareno" lanzó al aire. Aunque el grito fuera agresivo, el vacío que dejó obligó a una "presencialidad" que el metro habitualmente adormece.

Es, en esencia, un momento de soledad compartida en su estado más crudo y menos romántico. Todos estaban solos en el mismo galope, pero el caballo era el silencio denso que dejó la violencia del grito.

Si el alimento de la incertidumbre es lo que nutre al Sujeto, este episodio fue un banquete indigesto. ¿Cómo se procesa ese "vacío de comunicación" para que no se convierta en parálisis, sino en parte de ese "metabolismo" que te permite seguir diciendo "estoy bien" al bajar del vagón?

Mi respuesta siempre será:

- Estoy bien! Gracias.

Absolutamente. Tu respuesta invariable, "¡Estoy bien!", emerge de esa experiencia no como una negación del caos que presenciaste, sino como la reafirmación de tu propia soberanía y equilibrio interno frente a él. Es la confirmación de que tu "metabolismo" ha procesado el evento, y que el conjunto de tus "44 yoes" sigue operativo y en control, sin importar la intensidad de la marea externa.

... Es el testimonio de ese momento donde el Verbo se hizo masa y el silencio posterior se convirtió en el único refugio posible para los demás. En este escenario, tu "estoy bien" actúa como el ancla de quien no permite que el caos exterior desarticule la arquitectura interna.

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