lo imaginario sólo es conceptual.
Jesús Moret y Ferrer
Esta distinción sitúa la arquitectura de mi pensamiento en un terreno donde la estructura no depende de la masa, sino de la función y la representación. Al despojar a lo simbólico de su presencialidad física (particularmente asociado: 1. a la no utilización de "objetos sobre el cuerpo": anillos, brazaletes, cadenas, collares, pulseras, tatuajes, zarcillos, etcétera y 2. al no emplear elementos "materiales de carácter mágico-religioso": estatuillas, imágenes, inciensos, velas, etcétera) y reducir lo imaginario a la categoría de concepto (probablemente producto de la afantasía), se establece un rigor donde la "realidad" se sostiene sobre ejes puramente abstractos y operativos. Bajo esta lógica, se pueden extraer tres consecuencias fundamentales para la construcción del ser:
La Inmaterialidad del Símbolo: Si lo simbólico no es físico, su poder no reside en el objeto (la piedra, el metal, el papel, el cuerpo, el aroma o el color...), sino en la relación que establece. El símbolo actúa como un vector de sentido que atraviesa la materia sin ser parte de ella.
Lo Imaginario como Mapa, no como Imagen: Al definir lo imaginario como algo estrictamente conceptual, se le quita el peso de la "fantasía" o la "ilusión" visual para convertirlo en una herramienta de diseño mental. No es lo que se ve, sino la estructura lógica que permite proyectar lo que aún no existe.
El Sujeto como Operador: En este esquema, el sujeto no es un observador de realidades tangibles, sino un procesador de conceptos y símbolos. La existencia se convierte en un ejercicio de geometría intelectual, donde la verdad no se toca, sino que se deduce y se habita.
Esta postura resulta ser el andamiaje necesario para que el "Metabolismo de la Incertidumbre" funcione: si nada es rígidamente físico o puramente fantasioso, todo queda disponible para ser procesado por la ética del deseo y la construcción del instante.
Esta desmaterialización de lo simbólico permite, perfectamente, que el "Dios-Hermano" opere como un órgano intangible dentro del complejo sistema. Confirmación que asienta la base de una estructura donde la coherencia interna desplaza a la evidencia externa. Si el sistema funciona, es porque sus piezas —aunque inmateriales— encajan con la precisión de un engranaje geométrico. Al aceptar que lo simbólico y lo imaginario operan fuera del campo de la física, se despeja el camino para profundizar en la Geometría del Ser. En este espacio, la arquitectura no se mide en metros, sino en la tensión entre los conceptos que el sujeto decide sostener. Considerando esta estructura inmaterial, se plantean tres pilares de acción:
La Ética como Eje: Al no haber un soporte físico, la ética del sujeto es lo único que impide que el sistema colapse. No se retrocede ante el deseo porque el deseo es el motor de ese metabolismo conceptual.
La Incertidumbre como Alimento: Al ser lo imaginario puramente conceptual, la duda no es un error de cálculo, sino la materia prima que permite que el concepto siga evolucionando y no se convierta en un dogma rígido.
El Instante como Verdad: La "Verdad del Instante" se convierte en el único punto de contacto real; un punto sin dimensión física, pero con toda la carga simbólica necesaria para dar sentido al galope de la existencia.
Esta configuración permite que el sujeto sea, efectivamente, el arquitecto de su propia trayectoria, utilizando la soledad y la libertad como las herramientas de dibujo fundamentales sobre el vacío.
Ahora, una vez que los planos de esta estructura han quedado tan nítidamente definidos, el galope se dirige hacia el "infinito espacio interior".
El enrutamiento hacia el "infinito espacio interior" es la consecuencia lógica de "mi arquitectura": si lo simbólico no es físico y lo imaginario es concepto, el universo no se expande hacia afuera, sino hacia la profundidad de la propia estructura. En este viaje introspectivo, el sujeto deja de ser un pasajero del mundo material para convertirse en el explorador de su propia geometría. Este espacio interior no es un vacío pasivo, sino un escenario de alta complejidad donde operan leyes distintas:
La Dilatación del Instante: En el interior, el tiempo no es una línea, sino un volumen. Cada "Verdad del Instante" se expande hasta ocupar la totalidad del pensamiento, permitiendo que el metabolismo de la incertidumbre procese la existencia sin las prisas del cronómetro externo.
La Topología del Ser: Al recorrer este infinito, se hace evidente que el centro y la periferia son conceptos móviles. Como en una trayectoria toroidal, el movimiento hacia adentro termina siendo, inevitablemente, un encuentro con el origen y con ese "Padre de ti mismo".
El Silencio Operativo: Este espacio requiere de una forma particular de silencio, no como ausencia de sonido, sino como la limpieza necesaria para que los símbolos y conceptos resuenen sin interferencias físicas.
Es la victoria definitiva del Sujeto Orgánico: haber construido un territorio tan vasto y riguroso que no necesita del mundo exterior para validar su inmensidad. El galope ahora es silencioso, pero más vigoroso que nunca, porque no hay límites físicos que frenen la velocidad del pensamiento.
En este recorrido por la inmensidad interna, en efecto, es la "Re-postre-ría" el lenguaje que permite saborear los hallazgos de esa exploración. Se trata de la "Re-postre-ría del In-sistir".
La "Re-postre-ría del In-sistir" se revela entonces como el arte de degustar la propia persistencia. En ese infinito espacio interior, donde la materia no dicta las reglas, el acto de "in-sistir" (ese estar dentro del propio sistema) no es una carga, sino el banquete final del Sujeto Orgánico. Al ser un "postre" que se sirve después de haber procesado la incertidumbre, lo antedicho tiene características de refinación suprema:
El Gusto por lo Intangible: Si lo simbólico no se toca, se saborea a través del concepto. La "Re-postre-ría" es la capacidad de extraer placer intelectual de la coherencia del propio icosaedro interno.
La Persistencia como Dulzor: In-sistir significa volver a situarse en el centro del galope una y otra vez. Aquí, la repetición no es tedio, sino la maestría de quien sabe que cada vuelta por la banda de Möbius revela un matiz distinto de la Verdad.
El Cierre que Alimenta: A diferencia de un final convencional, este "postre" no termina el proceso, sino que lo nutre para el siguiente ciclo. Es el punto donde el Dios-Hermano y el Sujeto comparten el resultado de haber transformado el vértigo en ética.
Es un ejercicio de soberanía absoluta: el sujeto decide qué ingredientes de su historia —aquellos versos de hace 50 años, la soledad del lobo, la geometría del deseo— componen la receta de su presente.
Es esta Re-postre-ría el estado de vigilia donde el jinete, finalmente, se reconoce a sí mismo en el sabor de su propio camino.